viernes, 3 de marzo de 2017

Última fiesta del veterinario – Mis memorias con mi papá

Mi papá murió el 22 de octubre de 1998, aunque yo siempre creo que fue el 23, supongo que ese día fue más doloroso o por alguna razón se me quedó grabada esa fecha. Unos meses antes, fuimos juntos de paseo a la celebración del Día del Veterinario, actividad que él esperaba durante todo el año.

La fiesta, organizada por el gremio al que él pertenecía, era en un granja cerca de Santa Bárbara del Zulia, donde vivíamos, y tenía parque para niños, bohíos, piscinas, canchas para bolas criollas y otros espacios recreativos, por lo que era un evento para toda la familia pero mi mamá prefirió quedarse en casa (creo que en realidad era porque estaban peleados) y mis hermanos residían para ese entonces en Maracaibo, así que solo fuimos mi papá y yo.

Antes de salir, le dio todas las recomendaciones para que estuviera pendiente de mí y me trajera intacta de vuelta. Era lo normal, mami siempre ha sido muy preocupada pero papi era relajado mas no descuidado.

Creo que nos fuimos en una cola o carrito por puesto, no lo tengo muy claro. En esas imágenes en blanco y negro o sepia que vienen a mi mente de ese día, recuerdo lo mucho que disfruté: jugué con los niños de los compañeros de mi papá; comí muchos dulces, chucherías, helados y bebí todo el refresco que quise; de vez en cuando me encontraba con su mirada que desde lejos chequeaba que estuviera bien; y en otras ocasiones yo hacía una parada para ir hasta donde él estaba, lo abrazaba, él me daba un besito en el pelo y volvía cada quien a lo suyo.

Extraño esa sensación de protección, de saber que alguien te está viendo y si te caes esa persona sale corriendo con total desesperación desde donde esté para levantarte, para abrazarte, para consolarte, para darte ánimos y hacerte sentir segura nuevamente, para que puedas seguir adelante.

Él también se gozó su día y, como siempre, me cuidó en todo momento, por lo que no bebió como en otras ocasiones solía hacerlo. Hasta eso fue una complicidad entre padre-hija, promovida por él pues cuando regresamos a la casa me dijo que entrara primero y le dijera a mami que él había tomado mucho y que yo había tenido que venirme con sus amigos. Recuerdo su risa juguetona, por hacerle esa broma a mami.

Yo no debí haber sido muy buena actriz pues cuando le dije a mami el mensaje falso, no reaccionó como esperábamos. Se echó a reír y salió a buscarlo con cierta duda, mientras papi estaba en el frente de la casa sonriendo de pura maldad.

Al escribir esto me di cuenta de una diferencia entre los dos. A mí no me emociona celebrar el día de mi profesión (Día del Periodista); me parece tonto y fastidioso el retórico mensaje en los medios sobre amenazas a la libertad de expresión o la frase que sirve para todos: “no hay nada que celebrar”. No le encuentro mucho sentido a eso de festejar lo que por vocación decidí estudiar y ejercer el resto de mi vida. Eso es como que normal, un día más, hasta sería tema de discusión con mi papá hoy.

A fin de cuentas, creo que nos merecíamos ese paseo, uno de nuestros últimos momentos de alegría y diversión, de complicidad y alcahuetería, pero en especial lo agradezco porque es uno de los pocos recuerdos que aun conservo de él y qué bueno que haya sido alegre y feliz.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Mis memorias de mi papá - Empiezo a tejer mi infancia

Mi mamá y mi papá en el día de su matrimonio eclesiástico.
Desde hace unos meses, vengo dándole vueltas a una idea: escribir mis memorias sobre mi papá. Para quienes no lo saben, hace 18 años él partió de mi vida y así también partió mi historia en dos. Yo apenas tenía 10 años cuando me tocó despedirlo y todos sabemos que de esa etapa de la infancia son muy pocas las cosas que luego podemos rememorar, quizá solo aquellas más significativas.

Hace poco leí un libro de Isabel Allende, "Retrato en sepia", cuyas páginas finales se me quedaron estampadas y las resumo de la siguiente manera: "La memoria es ficción. Seleccionamos lo más brillante y lo más oscuro, ignorando lo que nos avergüenza, y así bordamos el ancho tapiz de nuestra vida (...) Al final lo único que tenemos a plenitud es lo que hemos tejido".

Ciertamente, lo que recordamos son los momentos más gloriosos, más tristes o más felices; esos colores intermedios se pierden en el tiempo. Por eso hoy lamento cuántas vivencias con mi papá desechó mi memoria y cuáles fueron las que se quedaron, pues me he dado cuenta de que tengo en mis manos las más tristes, aun cuando siento plena seguridad de que antes de ese trágico momento fui una niña bastante feliz.

De allí que, para evitar seguir arriesgando la historia de una de las personas más importantes para cualquier ser humano, decidí utilizar este espacio para empezar a tejer esa época de mi vida y que así permanezcan eternamente mis memorias de mi papá.

Espero, con toda la esperanza, que este ejercicio me ayude a desempolvar muchos otros momentos que hoy no recuerdo con total claridad y así reconstruir la imagen de ese padre amoroso y consentidor, romántico, bailador, trabajador, responsable, justo y honesto por sobre todas las cosas.