miércoles, 23 de septiembre de 2015

El Salto en mi historia (Y parte II)

A las 10:00 de la mañana del siguiente día, ya estaba lista para la excursión y posterior pernocta frente al Salto Ángel. En una bolsa de plástico deposité los teléfonos que fungían de cámaras, repelente, protector, impermeable, linterna y dinero. En un bolso aparte coloqué la ropa para dormir, toalla, medias, medicinas, chaqueta y artículos de aseo personal. Todo esto por indicaciones del guía Alexander, quien en la cena de la noche anterior nos explicó cómo sería el recorrido y todo lo que habríamos de llevar y dejar en el campamento.

Ese día llegaban dos turistas más que se incorporarían a nuestro grupo y viajarían con nosotros al Salto: La señora Carolina y su esposo Ángel, venezolanos, provenientes del estado Miranda. Mientras aterrizaban en Canaima, fui junto con la señora Amelia y Dayana a contemplar una vez más la Laguna que ese día se mostraba más hermosa, con un sol radiante y un oleaje fuerte, producto de la lluvia caída durante la madrugada.

Una curiara atraviesa la Laguna Canaima iniciando una excursión.

Alrededor de las once de la mañana inició la expedición. La guía Vanesa nos acompañaba y comandaba el grupo al frente. Por espacio de 20 minutos subimos una parte de la montaña, atravesando la planta hidroeléctrica que surte a la población de Canaima. Al llegar arriba, con el corazón acelerado y jadeando, Vanesa me sonrió advirtiéndome que eso solo era una pequeña parte de lo que nos esperaba.

- ¿Lograré hacerlo? ¿Alcanzaré el Salto? – me hizo dudar la taquicardia que no me dejaba respirar bien pero igual continué avanzando.

Llegamos a la parte superior del Salto Ucaima, específicamente al Puerto Ucaima, donde esperaban más de 20 curiaras a los deseosos turistas. En una de ellas, embarcamos nuestros bolsos y nos sentamos en parejas para lograr el equilibrio de la balsa. “Yhosi”, el japonés, fue mi compañero de puesto durante la ida y vuelta del viaje.

El olor a gasolina del motor despertó aún más mi emoción, mientras me ponía el salvavidas, y la sonrisa delató mis pensamientos: “Allá voy, Salto, ahora sí te conoceré”.

Curiaras estacionadas en Puerto Ucaima

Los primeros 30 minutos en curiara transcurrieron en el sereno río Carrao, en plena selva, con manglares y árboles de la gama más variada de verdes que en mi vida había visto. Los tepuyes se asomaban tímidos a la distancia y mis ojos no podían creer tanta belleza. Todos los que allí íbamos no parábamos de sonreír y fotografiar cada centímetro de tan prodigioso lugar.

Bajamos de la curiara debido a que la calma del río se ve interrumpida por una serie de rápidos que solo puede atravesar el bote con su conductor. Caminamos por un terreno plano y casi recto durante 30 minutos. El silencio y la calma que percibían mis oídos eran inspiradores. Los pensamientos se atropellaban entre ellos. La tierra que pisábamos parecía de playa y Vanesa nos explicó que ello se debía a que hace siglos atrás todo ese lugar estaba tapado por las aguas del río.



Al llegar a la otra orilla nos esperaba la curiara, que embarcamos luego de tomar agua y aplicarnos el repelente y el protector solar. Afortunadamente, los mosquitos, llamados “puri-puri” en esa zona, no se enamoraron de mí, mas sí de la pobre Dayana y su esposo Andrés, que ya lucían tremendas ronchas rojas en brazos y piernas.

A pocos minutos de haber iniciado la navegación, el primer pico del Auyantepui nos dejó perplejos a los 8 turistas que ocupábamos la curiara. Las siguientes dos horas fueron un espectáculo visual en medio de las aguas del río Carrao y Churún, este último más fuerte y que en varias ocasiones nos mojó completicos. Los arcoíris de distintos tamaños se formaban al alcance de mis manos, producto de la luz del sol y el agua que iba levantando la curiara, así como también por todo el tepuy.

Auyantepuy

Así fuimos recorriendo kilómetros de selva, bordeando la interminable estructura rocosa que se dejaba ver en sus diferentes ángulos. Como especie de una cortina ondeante, en una de las curvas, el Auyantepuy  se mostró imponente en sus 700 kilómetros cuadrados de superficie, inmenso, archiancho y tan alto que casi tocaba las nubes. “Yhosi”, quien ya nos tenía acostumbrados a su expresión facial de asombro acompañada con un “¡¡¡Uhhhhhhh!!!” cada vez que veía algo impactante, soltó el sándwich que acaba de empezar a comer para tomar su cámara y captar semejante monumento.

Como si alguien hubiese agarrado un pincel y fuera combinando colores sepias, negros y naranjas, lanzando brochazos en las paredes del tepuy. Como si fueran piezas de carbón o madera brillantemente talladas. Como si los árboles no se quisieran perder de tan impresionante estructura y la van arropando a distintas alturas en su anchura infinita. No, no fue el hombre. Fue la naturaleza sola. Esta tierra es tan bendita que ni los animales salvajes andan por doquier. Apenas pude ver dos guacamayas, un tucán y un turpial.

Luego de dos horas en las que ya no hallaba cómo sentarme, escuché la voz de Vanesa diciéndome “¡Mari, mira, allí está tu Salto!”. En lo más recóndito del tepuy, allá escondido propiciamente como para que nadie pueda alcanzarlo de forma fácil y así evitar la intervención de la mano del hombre, allá se levantaba regio y deslumbrante mi Salto Ángel.

Salto Ángel

Descendimos de la curiara y emprendimos una caminata de 1 hora en teoría pero realmente la hicimos en hora y media. Rocas resbaladizas, troncos de árboles caídos, ríos, raíces, fango y lodo nos encontramos en los primeros 45 minutos. Saltábamos, reíamos, caíamos, nos resbalábamos, hacíamos equilibrio y preguntábamos cuánto faltaba en medio del agotamiento y la ansiedad.

- Cuando se sientan muy cansados, utilicen los árboles como apoyo para subir, pues al tocarlos ellos absorben las energías negativas y pueden continuar más livianos –nos indicó Vanesa.
- De haberlo dicho antes, me hubiese ido arrastrando de árbol en árbol por todo el camino – le respondí en medio de risas.

Los últimos minutos fueron intensos. No lo niego. La subida por el Sendero al Santo Ángel (apodado a su vez “el Sendero de los Lamentos”, según el guía Alexander, pues es donde los turistas empiezan a quejarse del trayecto, cuestionándose inclusive la razón por la que estaban allí) es altamente complicada. Las rocas se mueven al pisarlas, las raíces duelen en los pies, las rodillas empiezan a crujir y el corazón se me aceleraba producto de las taquicardias.

- Sí lo voy a lograr. Falta muy poco. Ya puedo escucharlo.

El tiempo transcurre realmente rápido mientras vas sorteando los espacios dónde poner el pie y una rama con la que puedas impulsarte. Y en el momento que menos lo esperaba, ahí estaba mi maravilloso Santo Ángel, aun se podía ver tímidamente entre algunas ramas de árboles.

El “¡Uhhhhhhhhh!” de “Yhosi”, desprovisto completamente de la subjetividad y la emotividad que seguro me invadían a mí, me demostró que no era una cosa sentimental y que el Salto Ángel es un fenómeno natural único, en realidad fascinante, para todo el que tiene la dicha de verlo.

- Subamos un poco más, ya estamos casi en el mirador –ordenó Vanesa.

Un grupo de turistas ya estaba saliendo de ese lugar, que consiste en un grupo de rocas, unas encima de las otras, sin baranda, cero intervención humana, desde donde se ve amplio, grande, inmenso, extraordinario y majestuoso el Salto Ángel, la caída de agua más alta del mundo, patrimonio de la humanidad.


La cabeza no doblaba lo suficientemente hacia atrás para contemplarlo y como pude me dejé rodar con extremo cuidado hasta una de las rocas. Un profundo suspiro dio paso a las lágrimas. Ese nacionalismo fanático que vive en mí brotó por mis ojos. Lloré con la satisfacción de quien se gana el premio más codiciado. Lloré sollozante, como una niña. Y sonreí. Jamás en mi vida me sentí tan feliz, tan satisfecha, tan orgullosa, tan complacida, tan serena y tan en paz. Fueron escasos minutos los que estuvimos allí. Por poco no alcanzo a hacer las respectivas fotos. Eran las 4:30 de la tarde y la noche empezaría a caer en los próximos minutos. Debíamos apurarnos.

Rogamos a Vanesa llegar hasta el pozo, o “la poza” como la llaman, que es una de las últimas caídas del Salto a donde hasta ahora se puede llegar. Allí puse a prueba mi capacidad de aguante de frío. Nos zambullimos 5 minutos en un agua helada, casi congelante.

- Llévate mis enfermedades, Salto. Limpia mi cuerpo. Lava mi corazón, mis órganos, mi espíritu y mi alma. Purifícame con tus aguas benditas y hazme una mujer sana –le imploré en susurros, al borde de las lágrimas.

Mientras me vestía y me echaba el respectivo repelente, les di las gracias a Dios por estar allí y a él por existir y por regalarme un motivo de alegría. Debíamos regresar inmediatamente. La noche ya empezaba a caer en medio del bosque.

La bajada fue aún más difícil. Saqué mi linterna pues ya no veíamos nada. Todo estaba sumamente oscuro. Me resbalé y doblé el pie en tres oportunidades, rogándole al Señor por no necesitar luego un yeso, era lo último que podía sucederme. Aunque creo que realmente el Salto valió cada golpe, cada caída y cada moretón posterior.

En el camino nos dispersamos, sin darnos cuenta. La señora Carolina y su esposo iban mucho más adelante que yo, que iba de última acompañada de la señora Amelia, su esposo Armando y “Yhosi”. En medio de todos, Dayana y Andrés “pegaron la carrera”, literalmente, para evitar que la noche los sorprendiera solos, en medio del bosque, pero fue inevitable. Vanesa, con cara seria y preocupada y en silencio, iba con nosotros. No eran muy alicientes sus gestos, que fueron los que me llevaron a sentir temor a lo desconocido.

Logramos salir, vivos y sonrientes al encontrarnos y cruzamos en la curiara al otro extremo de la orilla para caminar un par de minutos hasta el campamento donde pernoctaríamos esa noche. Alcancé a mirar por un instante el cielo nocturno donde reposaban cientos, miles y millones de estrellas. Un regalo más. Precioso.

Al llegar, entre aplausos, gritamos con fuerza “¡Lo logramos!”, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo. Nos reímos y empezamos a contar las caídas, los sustos y los sentimientos de cada quien al ver tamaña belleza natural.

El campamento era bastante sencillo. Ya las ocho hamacas estaban esperando por nosotros desde que llegamos y luego de comer, cada quien fue agarrando la suya. Yo escogí una de las del medio, para sentirme más segura. 

En medio de la noche empezó a llover, por ratos fuerte, por ratos leve. A mi lado sentía a un león roncando, que de no saber que era el señor Armando, no hubiese podido quedarme tranquila en toda la noche. Me desperté en dos ocasiones, pensando en lo increíble que era estar allí. Producto de la lluvia, el frío se fue haciendo más intenso durante la madrugada, obligándome a acurrucarme en la hamaca. 

A las 5:30 de la mañana, Vanesa empezó a despertarnos para desayunar y partir de vuelta a la realidad.

- ¡Mari, ven a ver! Aquí está tu adorado Salto para darte los buenos días –recuerdo que me llamó la señora Carolina.

Y así fue. A un extremo del campamento se veía mi hermoso Salto Ángel, no tan claro como el día anterior, pues la neblina lo acurrucaba por completo por instantes. En ese momento y por la lluvia de la madrugada, se podían observar 4 caídas de agua, aunque ha llegado a tener 10.

- Ay, ya no se ve nada. La neblina lo tapó completo. Ya les dio los buenos días y ya se fue a dormir de nuevo –decía Vanesa en uno de esos minutos en que se perdía de vista el Salto.

Era curioso hablar de él como si fuera una entidad, una persona, un espíritu noble, con vida propia, que nos saludaba, nos esperaba, nos sonría y nos despedía. Fue duro hacerlo pero al menos fue rápido. La curiara encendió motores y dejamos atrás la razón de nuestra travesía.

- Adiós, mi Salto. Seguro nos volveremos a ver.

Vista del Salto Ángel, desde el campamento Wey Tepuy, en isla Ratón.

Durante el regreso, la neblina abrazaba el Auyantepuy en toda su extensión. Era muy temprano aún y me dio la impresión de que era como su cobija. Celosa, no nos dejaba verlo, como para que no lo fuéramos a despertar. 

Pensé en los misterios que albergan sus nombres. Auyantepuy en el idioma pemón significa “montaña del diablo” y dentro de él está el Salto Ángel, llamado así en honor a Jimmy Angel, la primera persona no indígena en avizorarlo. Esa dicotomía divinidad-satanás no debe ser casualidad. 

Recordé la explicación que el guía Alexander me había dado la primera noche sobre la altura del Salto. Ciertamente, no es la caída de agua más alta del mundo, inclusive el Roraima, al otro extremo de la Gran Sabana, en Venezuela, es más alto, con casi 2810 metros de altura. Lo que hace especial a mi Salto Ángel es que, aunque apenas mide 979 metros de altura, de él cae agua durante todo el año, cosa que no sucede en ninguna otra parte del mundo, léase con detenimiento, de-el-mun-do.

Mientras navegábamos el río Churún y luego el Carrao, me sentí en realidad “bendecida y afortunada” y no era precisamente por mi físico. Mi gran sonrisa solo tenía una razón. “De verdad lo logré”, pensaba, con los dientes y labios congelados por el viento y el frío que hacía a esa hora.

Ni en mil años hubiese soñado algo siquiera parecido. No seré tan presumida de decir que el Salto Ángel me cambió la vida, en apenas unos minutos frente a él y solo tres días de aventura, pero sí creo que le dio otro aire, fue como dar un salto a la tranquilidad, a la paz y a la felicidad. Desde que lo vi, difícilmente dejo de sonreír. Sin importar la circunstancia, solo pienso en ese momento y el ánimo me cambia, me siento alegre y viva.

Desde la avioneta ya de regreso a Puerto Ordaz, observé la Laguna Canaima y una firme seguridad me alivió la despedida. 

- Hasta pronto, Canaima. Gracias por la mejor experiencia en toda mi vida. 


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