martes, 22 de septiembre de 2015

El Salto en mi historia (Parte I)


Mucho se ha escrito sobre él. Cantidad de historias he leído sobre las excursiones que han hecho millones de personas. Pero hoy pretendo contarles mi experiencia, que no es más especial que las demás, sino solo un humilde homenaje que quiero escribirle a la caída de agua más alta del mundo y al monumento natural más admirado por esta servidora: El Salto Ángel.

Hace 6 años, aproximadamente, surgió en mí una frenética necesidad de soledad, de paz, de tranquilidad, de alejarme de la ciudad y sus ruidos y de encontrarme conmigo misma, con mis pensamientos. Esa sensación me visitaba cada cierto tiempo. Sabía que ese lugar se llamaba Canaima, simplemente lo presentía.

El 15 de septiembre de 2015 partí de Maracaibo en un vuelo a cumplir ese anhelado sueño. La primera parada fue la ciudad de Puerto Ordaz, donde visité el Parque La Llovizna, un lugar sereno en el que solo se percibe el sonido de la caída de agua y uno que otro animal silvestre. Allí “me llovizné”, como me diría mi primito Sebastián. El rocío frío del Salto La Llovizna me preparó brevemente para lo que venía.

Salto La Llovizna

Al día siguiente, muy temprano salí en una avioneta de apenas 19 puestos con destino al Parque Nacional Canaima, sector occidental, donde me esperaba mi querido Salto Ángel. Por el camino y para mi sorpresa dormí unos minutos, cediendo por el cansancio y la ansiedad que me quitó el sueño las dos noches anteriores. Desperté a solo minutos de aterrizar y desde la ventanilla contemplé feliz la Laguna Canaima, aunque para ese momento no sabía que lo era.

Al bajar del avión, una choza de palma cobijaba el aeropuerto de este pequeño poblado. Uno de los indígenas me recibió preguntándome, en un dificultoso español, en cuál posada me quedaría.

- Wey Tepuy -respondí.
- ¿Viene sola?
- Sí, sola.
- Bueno, el campamento queda a 5 minutos de aquí, nos podemos ir caminando, sígame.
- ¿Caminando? ¿Solos? ¿Él y yo? ¿En plena selva? Esto no empieza bien –pensé, con el corazón latiendo a dos mil por segundo y la sonrisa, que desde el avión se dibujó en mi rostro, se ocultó por unos instantes.

Afortunadamente, preguntó en voz alta si alguien más se dirigía a ese campamento y 4 personas respondieron y se acercaron a nosotros. Por suerte, un jeep se desocupó en ese momento, nos montamos y en minutos íbamos en camino.

Llegamos al campamento más sencillo y más barato que pude elegir, donde nos atendió el dueño, advirtiéndonos que nos preparáramos para el almuerzo que consistiría en anaconda asada y una ensalada de termitas. La cara de los turistas que acabábamos de llegar fue un poema pero valientes respondimos que estábamos dispuestos a probar lo que se comía en esa zona.

Allí conocí a quienes, por obra y gracia de Dios, me acompañarían en esta aventura: Dayana y Andrés, dos jóvenes esposos que viven en Lima, Perú; la señora Amelia y el señor Armando, padres de Dayana y caraqueños; y “Yhosi”, un japonés que ha aventurado durante año y medio por 43 países del mundo.

A las 12:00 del mediodía estábamos convocados a almorzar en una mesa larga que descansaba en el pasillo central de la posada. Como teníamos una hora libre, el guía Alexander, nativo de Ciudad Bolívar, nos recomendó acercarnos hasta la Laguna Canaima y bañarnos, pues quedaba apenas a 3 minutos caminando.

Así lo hicimos pero yo, por la ansiedad, no preparé ropa de baño y arranqué tal y como había llegado. Todos los campamentos están construidos muy cerca, apenas los separan unos pasos y a sus alrededores hay casas de concreto, con techo de palma y otras de barro con una buena antena de DirecTV. Vi niños jugando en el frente de sus viviendas, vestidos con ropa, saludando y sonriéndonos. 

Las aguas cargadas de minerales que le proveen colores naranja, marrón y negro a la Laguna Canaima, con sus pequeños pero espectaculares saltos y una orilla muy tranquila llena de arena blanca, se descubrieron ante mis ojos en medio de los árboles. Sonreí grande.

Laguna Canaima

- Al fin te veo en vivo, Laguna, no en fotos –le comenté, como si pudiera escucharme.

Tardé unos minutos en salir de la perplejidad. En ninguna fotografía de las miles que había revisado se veía tan hermosa. Tres palmeras grandes en todo el centro era el límite para nadar. Esos tres misteriosos chaguaramos, pues nadie sabe cómo crecieron justo allí en medio del agua, protegen a los bañistas, como si fueran la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Caminé alejándome intencionalmente de mis compañeros y me senté en un tronco que estaba cercano a la orilla. Allí no pude contenerme. Lloré. La felicidad me brotaba por los ojos. Reí. Agradecí a Dios por estar ahí. No podía creer la belleza natural de mi país.

Fotografié el agua, las chozas, la arena, las flores, los saltos, el cielo, las orillas, niños jugando, la laguna en todo su esplendor… pidiéndole a Dios que se quedaran grabadas, más que en digital, en mis pupilas, para siempre.

Laguna Canaima

Regresamos al campamento esperando en la mesa con dubitación la famosa anaconda asada.

- ¿Cómo diablos me iré a comer eso? ¿Y si me cae mal? –pensaba yo.
- Eso debe ser una broma –aseguraba Andrés, en su acento español.
- Debe saber a pollo. Todos esos animales saben a pollo –comentaba el señor Armando.
- ¡Uy! Yo no me voy a comer eso –sentenciaba la señora Amelia.

Si era anaconda o no, no lo supimos. El guía Alexander apareció con sendos platos de pasta con salsa boloñesa, cuya cantidad era como para 3 personas por plato. Deliciosa. Luego regresó a darnos las instrucciones del itinerario.

- A las 2:30 pm están listos con traje de baño, ropa cómoda, sandalias, protector solar, repelente, un par de medias (calcetines) y cámara para que vayamos a las excursiones de Salto El Sapo y Salto El Hacha, en la propia Laguna Canaima. Irán con otra de nuestras guías, Vanesa.

A esa hora, Vanesa, indígena de la zona, llegaba con una sonrisa al campamento, presentándose y repasando los artículos que debíamos llevar.

Con el guía Alexander conduciendo la curiara, arrancó el paseo en la Laguna Canaima. Nos acercamos brevemente a las caídas de agua de los saltos Ucaima y El Hacha. En este último, nos bajamos en una orilla y subimos unos pocos metros por unas piedras hasta llegar a la cascada. Allí la experiencia se transformó en una inesperada aventura. 

Salto Ucaima
 
- Pueden desvestirse y dejar sus pertenecías en una bolsa. Solo deben colocarse las medias al revés para que caminemos por las rocas y así evitar resbalarnos –advirtió Vanesa.
- ¿Desvestirse? ¿Pasar pa’ dónde? Nuuuuu, qué va. Yo para allá no me meto – dije sin pensarlo dos veces.

Tres minutos después, por insistencia de Vanesa, de mis compañeros y de mi conciencia diciéndome “para qué viniste si no te vas a bañar en estas aguas”, terminé caminando por debajo de la cascada, entre rocas color carbón. Con un temor profundo de que me llevara la fuerte corriente, fui atravesando cada caída de agua. Divinos golpes de rocío frío me hacían gritar de alegría.

- Si mami me viera aquí, se infartaría tres veces – le confesé a la señora Amelia y nos reímos juntas.

El Salto El Sapo nos esperaba luego de una caminata de 20 minutos. Llegamos a su tope y desde allí se podían ver 3 imponentes tepuyes. Luego, bajamos y aquí también tocaba caminar entre rocas, en medio de la cascada. No hubo mucha resistencia de mi parte. Ya resultaba divertido, aunque igual iba pisando cada piedra con los nervios de una novata. Al final del salto, en una pequeña piscina natural de agua fría y color oscuro nos zambullimos los turistas.

Salto El Sapo

Regresamos ya cayendo el atardecer, entre nubes azules y un sol naranja que despedía un día lleno de experiencias fenomenales, nunca imaginadas.

La noche no fue fácil. Arañas monas caminando por mi sábana y una culebra deslizándose por debajo de la puerta eran las imágenes que perturbaban el sueño que me costó encontrar hasta que caí exhausta, escuchando un fuerte aguacero.

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