martes, 18 de junio de 2013

Dementores sobre mí

6:00am. Suena el despertador y entre dormida y despierta lo pospongo por 10 minutos.
6:10am. Vuelve a sonar y lo vuelvo a posponer.
6:20am. Repito la operación una y otra vez, de 10 minutos en 10 minutos, hasta que se hacen las 6:50am y me levanto, arrastrando los pies, con un pensamiento que me alienta a regresar a la cama "¿Para qué me voy a parar? ¿A trabajar? Sí, claro, como si trabajara mucho".

Desde hace como dos años, cada mañana pasa lo mismo (bueno, casi todas las mañanas, para no ofender a Dios, como dicen).

Mi trabajo, desde hace tres años, no es precisamente el mayor aliciente para despertarme todos los días. En primera instancia, la falta de labores por la ausencia de un jefe que delegara funciones empezó a afectar mi rutina. En ese entonces, aun tenía muchas ganas de hacer grandes cosas pero poco a poco eso fue desapareciendo. Cada propuesta se lanzó a la basura con un gesto de "sí, muy bonito todo, peeeeroooo...". Hoy, el escenario no ha variado mucho o bueno sí, porque ni siquiera tengo las condiciones mínimas que necesita alguien en mi área para trabajar (llámese escritorio, silla o computador). Esta situación ha ido mermando mis deseos de plantear ideas y proyectos.

Todos los días los vivo con una sensación de querer salir corriendo de ese lugar que me ha ido robando el espítiru, los ánimos, la creatividad, el ímpetu de quien tiene apenas tres años de graduada. Cualquiera me diría "pero vete, corre" y ahí llego a la conclusión que me carcome: no puedo, actualmente, mi vida depende de ese sueldo y de esos 'beneficios' de salud y de educación.

Me he resignado a no esperar nada ya, no ilusionarme con nada, no tener expectativas de nada, pues así evito decepcionarme luego. No sé si es que ya hay demasiada negatividad en mí, aunque confieso que siento varios dementores (sí, los de Harry Potter) rondándome.

Creo que he encontrado el diagnóstico: me contagié de lo que he denominado como "la enfermedad del funcionario público", que aqueja a los que la padecen con síntomas de desmotivación, de que todo les da igual porque saben que nada cambiará, de que cumplen su horario de trabajo sin mayor productividad. Por la experiencia de otros, creo que esta epidemia es mortal, hasta ahora no se le ha quitado a nadie que yo conozca.

En medio de esa gran desesperanza, me pregunto precisamente si se puede vivir sin ilusiones. De ser cierto, qué vida tan triste y vacía nos espera a los que nos sintamos así. Al menos hasta que se me presente otra oportunidad de trabajo mejor.

Admiro y, de buena manera, envidio a aquellos que dicen "amar su trabajo" o "amar lo que hacen" todos los días. Me pregunto cuánto habrán sacrificado, luchado, arriesgado para llegar ahí.

Sueño con que algún día yo pueda amar realmente mi trabajo. Sueño con despertarme motivada, alegre, deseosa por llegar a ese lugar y hacer lo que tanto soñé.