domingo, 29 de diciembre de 2013

Reflexiones después de los 26

En el mes de noviembre estuve de cumpleaños. Doy gracias a Dios por darme la oportunidad de llegar a los 26 años con salud, que al parecer a esta edad se torna lo más importante en la vida. Precisamente, luego de cumplir los 26 me ha dado por reflexionar mucho, observando la vida de los demás, lo que pensaba antes y lo que pienso ahora y quiero compartirlas con ustedes a ver si por casualidad también les han pasado.

Debo confesar que me imaginaba de otra forma a esta edad. Probablemente con una pareja estable, quizá con un hijo, trabajando en otra cosa... Lo que me ha llevado a entender que por más planes y metas que uno se trace, la vida te va llevando a otras cosas, puede que sea uno mismo el que se desvía, pero no todo sale estrictamente como lo has soñado. Con esto no desestimo la planificación, pues también he entendido que ella es como un timón que va conduciendo tu vida hacia algún puerto, quizá no al que habías escogido, pero aunque sea llegas y no te quedas deambulando por el mar.

He observado que muchas cosas que le pasaban a "los grandes" cuando uno estaba "chiquito", ahora te pasan a ti, por ejemplo: que el amor ya no sea tan perfecto como lo soñaste, que lloras mucho, te decepcionan mucho y no es todo tan color de rosa como imaginabas; que te consigues personas que te engañan, te mienten o te hieren, a pesar de que dicen quererte; que a veces el trabajo resulta más importante para esa persona que tú (como en las películas, así, igualito, también pasa en la vida real); que el orgullo puede destruir muchas cosas buenas; que la mayoría de los hombres solo te busca por sexo (así tal cual como te lo advertía tu mamá); que el verdadero compromiso es algo efímero hoy; y que cuando por fin consigues al amor ideal, resulta que es imposible tener una historia con él.

También a esta edad y al menos en mi círculo social, la gente te empieza a atocigar con preguntas como: ¿Por qué no te has casado? Como si eso fuera tan fácil, tan indispensable o tan cierto. El matrimonio ha perdido para mí, a esta edad, toda su esencia sublime, fiel y pura, para convertirse en algo que no necesariamente te garantiza el amor de esa persona, que a fin de cuentas es lo que alimenta el alma y no el papel, la firma, la fiesta, el carro, la casa, el dinero o la supuesta "estabilidad que da el matrimonio", como muchos piensan.

De igual forma, he abierto los ojos ante otras realidades: solo cuentas con tu familia; ya nadie conoce aquello que se llamaba respeto; el dinero parece ser más importante en estos tiempos que hasta un gesto de cariño o de atención; los políticos no sirven para nada, todos prometen y no cumplen; y que en resumidas cuentas, el mundo está supremamente corrompido.

Discúlpenme por ser tan negativa, ni siquiera yo lo vi venir a los 26. Sí, debo aceptar que me he desilusionado mucho de la vida, de verdad no la imaginaba así.

Sin embargo, como fiel creyente en Dios (más allá de identificarme con cualquier religión) tengo una esperanza, muy empañada ahorita en mi corazón, de que lo bueno llegará, cuando él así lo quiera, a su tiempo, pero llegará.

martes, 5 de noviembre de 2013

Un español sin fronteras

Para los que me conocen no es un secreto que soy fiel admiradora y defensora del lenguaje. En el mes de octubre, tuve la oportunidad, la dicha y la bendición de asistir al VI Congreso Internacional de la Lengua Española, en Panamá, un evento trienal que organizan la Real Academia Española y el Instituto Cervantes, junto con la colaboración del Gobierno del país de turno.

(De izquierda a derecha) Víctor García de la Concha, director del Instituto Cervantes; Felipe de Borbón, príncipe de Asturias; Ricardo Martinelli, presidente de la República de Panamá; y José Manuel Blecua, director de la RAE y de la Asociación de Academias de la Lengua, en la sesión inaugural del congreso.
Este encuentro se realiza para discutir y reflexionar sobre el futuro de nuestra hermosa lengua y este año escogieron como tema central el español en el libro, por lo cual se planificaron secciones en las que los muy destacados ponentes expusieron su percepción sobre las editoriales, la educación, la lectura, Internet y los medios de comunicación.

Pude darme cuenta de que las ideas de los catedráticos, académicos, escritores y demás personalidades con un largo camino en las letras, no estaban tan apartadas de mi forma de pensar con respecto a lo que allí se discutió, aunque difiero en varias proposiciones.

El Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa expresaba que el español no debe cerrarse en su interacción con otros idiomas; muy por el contrario, debe aprovechar este intercambio para incrementar su vocabulario, sin perder su fisionomía, sus construcciones gramaticales ni su difusión.

El vicepresidente de Nicaragua y escritor, Sergio Ramírez, presentó un magistral discurso sobre las grandes posibilidades de aquellos que hablamos el español, pues podemos comunicarnos con y entre 22 sociedades que poseen el español como lengua materna y otras tantas donde se habla como lengua secundaria.

Varios ponentes coincidieron en que en la enseñanza de la lengua española se debe continuar induciendo la lectura de la literatura universal pero sin imposiciones u obligatoriedades, pues esto conlleva al desinterés del alumnado. La propuesta es presentar una lista de libros opcionales, ya que el fin es que se lea y que el educando escoja aquello con lo que se sienta más atraído o identificado.

Aunque el tema de la producción literaria para los nativos digitales (población que nació en la era del Internet y las computadoras) generó polémicas, yo estoy de acuerdo con aquellos que están a favor de que los libros deben emerger a la red de forma gratuita, de fácil lectura y con herramientas audiovisuales y textuales, que puedan captar la atención de niños y jóvenes que han crecido en el universo de la multimedialidad.

No podemos negarnos a una realidad como lo es el crecimiento exponencial de usuarios que demandan  contenidos electrónicos. Cierto es que en la sociedad de hoy se habla y se escribe más, apartando la calidad de estos. Lo que nos debe interesar es que los contenidos que se ofrezcan estén adaptados a las necesidades de la vida digital actual.

Fueron muchas las experiencias vividas y conocimientos adquiridos en tan poquitos días. Ojalá pudiera contárselas todas pero, como sabemos, la lectura en Internet es breve y requiere concisión por lo que debo adecuarme a las características del medio.

Solo debo concluir con una invitación a la preservación del español, en todas sus variedades y dialectos.

;-)

miércoles, 11 de septiembre de 2013

"El mal que uno hace se le devuelve"

Motivada por el comentario de un anónimo en este blog, he decidido escribir un poquito sobre aquellas circunstancias duras y dolorosas que nos tocan vivir y que muy inocentemente creemos que no las merecemos.

Señores, hoy más que nunca, estoy segura de ese dicho: "El mal que uno hace se le devuelve" y cuando digo mal, me refiero a toda acción que le haya provocado un daño a alguien. Todo.

Siempre me andaba quejando de mi soledad, de la tristeza perenne que vive en mí, pero ahora entiendo el porqué.

Lamentablemente, en un momento de mi vida, le hice daño a alguien. No fue con intención, lo juro, pero al parecer la vida no come cuentos con eso y hoy me toca padecer los estragos de haber hecho sufrir a esa persona.

Todos los días, desde que tomé conciencia de ello, le pido perdón a Dios por los errores cometidos y ruego que algún día me absuelva.

Así que si usted cometió algún acto que causó dolor, amargura o situaciones peores, le recomiendo que se prepare, porque tarde o temprano, le llegará su merecido.

Para nuestro pesar, así es la vida.

lunes, 29 de julio de 2013

Algún día

Hace unos días cuando me encontraba en un ataque de llanto y tristeza (pa' variar), alguien muy cercano me dijo "pareciera que te gustara sufrir". Esa frase, en ese preciso momento, se sintió como si me hubiesen golpeado con una caja fuerte en el pecho. Pensé que esa persona era una desalmada, que no tenía corazón por haberme tratado de esa manera justo en una circunstancia como esa.

Después, con cabeza fría, sin tantas lágrimas, reflexioné en su mensaje y tal parece que sí me gusta sufrir. Siempre me enamoro de los imposibles, nunca he tenido un trabajo que me guste, siempre le veo defectos a mis jefes, nunca hago amigos por miedo a que traicionen mi confianza, siempre espero lo malo y nunca lo bueno, vivo inconforme y me siento sola e incompleta... En fin... Parece que todas mis acciones y pensamientos conducen a un sufrimiento eterno. La mayoría de los posts que he escrito en este blog dan cuenta de todo esto.

Y me preguntaba: ¿Algún día podré cambiar esos esquemas mentales? ¿Algún día podré ser realmente feliz? Y cuando digo "realmente feliz" no me refiero a andar riéndome todo el día, sino a sentirme tranquila, llena de paz, conforme...

Mucho lo intento, trato de aferrarme a cosas que llenen esa sensación de soledad y tristeza, me impongo metas, leo, escucho música, me apoyo en amigos (los pocos que he hecho y que han pasado pruebas de fuego) y hasta he buscado ayuda profesional... Pero nada de eso es tan fuerte como para superar la oscuridad.

A veces pierdo las esperanzas; otras veces me intento motivar yo misma, pues sé que nadie podrá sacarme de este sufrimiento eterno, solo yo. Y en ese pensar, agarro una bocanada de fe y algo muy en lo profundo de mí me dice que algún día conseguiré ser feliz.

martes, 18 de junio de 2013

Dementores sobre mí

6:00am. Suena el despertador y entre dormida y despierta lo pospongo por 10 minutos.
6:10am. Vuelve a sonar y lo vuelvo a posponer.
6:20am. Repito la operación una y otra vez, de 10 minutos en 10 minutos, hasta que se hacen las 6:50am y me levanto, arrastrando los pies, con un pensamiento que me alienta a regresar a la cama "¿Para qué me voy a parar? ¿A trabajar? Sí, claro, como si trabajara mucho".

Desde hace como dos años, cada mañana pasa lo mismo (bueno, casi todas las mañanas, para no ofender a Dios, como dicen).

Mi trabajo, desde hace tres años, no es precisamente el mayor aliciente para despertarme todos los días. En primera instancia, la falta de labores por la ausencia de un jefe que delegara funciones empezó a afectar mi rutina. En ese entonces, aun tenía muchas ganas de hacer grandes cosas pero poco a poco eso fue desapareciendo. Cada propuesta se lanzó a la basura con un gesto de "sí, muy bonito todo, peeeeroooo...". Hoy, el escenario no ha variado mucho o bueno sí, porque ni siquiera tengo las condiciones mínimas que necesita alguien en mi área para trabajar (llámese escritorio, silla o computador). Esta situación ha ido mermando mis deseos de plantear ideas y proyectos.

Todos los días los vivo con una sensación de querer salir corriendo de ese lugar que me ha ido robando el espítiru, los ánimos, la creatividad, el ímpetu de quien tiene apenas tres años de graduada. Cualquiera me diría "pero vete, corre" y ahí llego a la conclusión que me carcome: no puedo, actualmente, mi vida depende de ese sueldo y de esos 'beneficios' de salud y de educación.

Me he resignado a no esperar nada ya, no ilusionarme con nada, no tener expectativas de nada, pues así evito decepcionarme luego. No sé si es que ya hay demasiada negatividad en mí, aunque confieso que siento varios dementores (sí, los de Harry Potter) rondándome.

Creo que he encontrado el diagnóstico: me contagié de lo que he denominado como "la enfermedad del funcionario público", que aqueja a los que la padecen con síntomas de desmotivación, de que todo les da igual porque saben que nada cambiará, de que cumplen su horario de trabajo sin mayor productividad. Por la experiencia de otros, creo que esta epidemia es mortal, hasta ahora no se le ha quitado a nadie que yo conozca.

En medio de esa gran desesperanza, me pregunto precisamente si se puede vivir sin ilusiones. De ser cierto, qué vida tan triste y vacía nos espera a los que nos sintamos así. Al menos hasta que se me presente otra oportunidad de trabajo mejor.

Admiro y, de buena manera, envidio a aquellos que dicen "amar su trabajo" o "amar lo que hacen" todos los días. Me pregunto cuánto habrán sacrificado, luchado, arriesgado para llegar ahí.

Sueño con que algún día yo pueda amar realmente mi trabajo. Sueño con despertarme motivada, alegre, deseosa por llegar a ese lugar y hacer lo que tanto soñé.

lunes, 8 de abril de 2013

La excepción en mi blog: Mi historia sobre Chávez

Advertencia: el siguiente texto no tiene que ver con política. Aun así, por tratarse de un personaje tan ligado a este tema, considero este post como una excepción en mi blog, pues no puedo evitar escribir sobre él. Es mi sincero homenaje a este grande.

Fue en el año 1998, cuando me tocó despertar de la forma más trágica y estrepitosa que le puede ocurrir a una niña de 10 años. Hasta ese entonces, yo vivía en otro mundo, uno donde solo se sentía felicidad, alegría, ilusión. No sabía de la economía, mucho menos de política. Mi primera década de vida transcurrió en la más absoluta inocencia. Jugaba con muñecas, hablaba con las plantas simulando que ellas eran mis alumnos y yo la profesora, me aliaba con mi hermano en las más divertidas travesuras o para comer mango con sal, dormía siestas todas las tardes con mi mamá, sacaba excelentes notas en el colegio, le escribía cartas a mi hermana quien se mudó a Maracaibo para estudiar Medicina, esperaba a mi papá todas las tardes y me amarraba, como si fuera un monito, en sus piernas hasta que entrara a la casa... y así, vivía ignorantemente feliz de todo lo malo, e inclusive de la propia realidad, que podía pasar a mi alrededor.

Específicamente, el 22 de octubre de ese año mi vida cambió drásticamente y para siempre. Despedirme de mi papá y verlo enterrar fueron dos cosas que ocurrieron en un abrir y cerrar de ojos. No entendía mucho de la muerte pero en poco tiempo empezaría a comprender, al menos, de economía familiar.

Los días y meses siguientes fueron oscuros, nublados y muchos cambios sucedieron en mi vida: me mudé de ciudad, dejé mi colegio y a mis amigos, me separé por un tiempo de mi mamá, entre muchas situaciones que no puedo recordar con detalle. Sin embargo, sí se quedaron grabados en mi mente dos cosas particulares: el rostro del que juramentaban como Presidente de la República y una frase de mi mamá que decía: "¡Cuán feliz estaría Falo (como cariñosamente le decían a mi papá), al saber que Chávez ganó las elecciones!".

Justamente meses después de la muerte de mi papá, aparece en mi vida ese señor llamado Hugo Rafael Chávez Frías, a quien desde entonces adopté como la figura de un padre, un hombre por el cual sentí admiración a priori.
 

Poco a poco, lo fui descubriendo. Lo escuchaba en sus discursos y sentía que había semejanzas con la forma de ser y pensar de mi papá. Rápidamente me di cuenta de que era sumamente inteligente, producto de su formación militar y de su interés por la lectura de textos de cualquier tema. Además, no titubeaba, hablaba con la seguridad y firmeza de quien se prepara por años.

Algunas veces no lo entendía, sus discursos eran muy complejos para mis escasos conocimientos. Otras veces comprendía perfectamente sus explicaciones de economía petrolera como si yo hubiese oído hablar de eso antes. Me encantaba escuchar sus clases magistrales de geografía o historia de Venezuela, una versión que no conseguía en mis enciclopedias ni en mis maestros.

Así fueron pasando los años y con Chávez como líder del país, transcurrió mi adolescencia, esa etapa dura y rebelde que le tocó enfrentar a mi mamá, quien me tuvo que espantar más de un pretendiente para que yo “no fuera a meter la pata”. Esa mujer luchadora, también encontró en el Presidente al que podría haber sido su segundo gran amor. Cada vez que Chávez salía en la TV, mami le lanzaba besos, bendiciones y agradecimientos por las pensiones que le ayudaban a levantar a nuestra familia de la dura situación económica que llegamos a vivir al depender solo de su sueldo.

Llegó el momento de entrar a la universidad. La carrera en Comunicación Social, mención Periodismo Impreso, fue la mejor elección que pude tomar. Años después, me doy cuenta de que a través de mi profesión puedo difundir el legado de quien además de ser presidente de Venezuela por 14 años, fuera como mi padre.

Durante ese tiempo, reconocí en Chávez el mejor ejemplo de un comunicador, como si se hubiese formado en la Escuela de Comunicación Social muchos años antes que yo. De él aprendí a informar todo y a usar todas las herramientas para que todos conocieran toda la verdad.

Sin embargo, también descubrí cosas que no me gustaban de él (actitud típica del hijo que cree que se las está comiendo todas y que el papá no sabe nada), como su forma de ser tan radical, tan directa… quizá lo hubiese preferido más diplomático, pero al tiempo entendí que esta era, probablemente, su mejor virtud, lo que lo hizo diferente, distinguible entre la multitud.

En mis 25 años de vida, Chávez estuvo presente durante más de la mitad y si me dieran la oportunidad de cambiar algo en mi historia no sería precisamente su continuidad en el poder. Tenerlo a él allí me hizo fuerte, me hizo sentir segura, confiada, tranquila, como el que está bajo la protección de un padre. Me brindó las herramientas para tener un buen trabajo y hasta las últimas decisiones tomadas por él, me generaron beneficios laborales.

La tarde del 5 de marzo de 2013 será un momento que recordaré siempre por dos noticias fulminantes: la muerte de Chávez y la confesión de un engaño. Aunque existían posibilidades de que ocurrieran, ambas me han hecho derramar no sé cuántas lágrimas, ambas quebraron mi espíritu. Dos hombres a quienes llegué a idealizar y a pensar que jamás me faltarían, se separaban de mi vida… Para siempre.

A un mes de su partida física, me faltan fuerzas para decirle ‘ex presidente’; tampoco me sale ‘Comandante’ porque jamás lo sentí así. Él es y seguirá siendo para mí el ‘Presidente Hugo Chávez Frías’, con respeto y admiración, como siempre lo vi y me referí a él. Muy profundamente en mi corazón, será otro padre que continuó formando mi ideología, mi forma de pensar y a quien le agradeceré siempre la patria que nos deja.

No pretendo convencer a nadie con esta historia. SIEMPRE he respetado la opinión contraria o a favor de Chávez. NUNCA intentaré hacer cambiar de posición política a nadie pues me parece una falta de respeto. Pero sí espero que acepten y respeten mi forma de pensar y mi dolor.

viernes, 1 de febrero de 2013

Si no tiene nada bueno que decir ¡¡¡cállese!!!

Una lectura del Padre Alberto Linero, editor del oracional "El Man está vivo" de Colombia, me hizo reflexionar sobre un aspecto en nuestras relaciones personales que es bastante frecuente.

Seguro les habrá ocurrido que cuando pasan mucho tiempo sin ver a alguien conocido, este les hace algún comentario sobre tu aspecto físico, como por ejemplo:

- Sí estás flaaaacaaaa.
- Estás igualita.

O cosas tan obvias como:
- ¿¡¡¡Te pintaste el cabelloooo!!!?
- ¿¡Te pusiste braquets!?
... y uno con cara de chévere responde: "Ajaaaa".

Sin embargo, la mayoría de las veces este comentario no es agradable. Muchas personas se encargan solo de buscarte el lado negativo, no sé si con premeditación y alevosía, para hacerte sentir mal. Típico:

- ¡¡¡Sí estás gordaaaa!!!.
- Ese color de cabello no te queda bien.
- ¿¡Y no te has casado!? ¡¡¡No puede seeerrrr!!!
- ¿¡Y terminaste con fulanito!? ¿¡Y eso!? ¡¡¡Segurito te pegó cachos!!!
- ¿¡No tienes trabajo!? ¿¡¡¡Y cómo haces para vivir!!!?.
- ¿¡Y aun no tienes niños!? ¡¡¡Ya estás mayorcita y además, una no puede quedarse sola!!!.

De verdad, esta gente no tiene dos dedos de frente, porque sino no entiendo… ¿¡A quién que se haga llamar tu amigo se le ocurre juzgarte, criticarte o hacerte ver cosas malas de ti!?

Como decía el Padre Linero, esos comentarios no le hacen bien a nadie; muy por el contrario, llenan a esa persona de inseguridades, afectan su autoestima y hacen hasta agarrarle rabia al otro. No hay nada más bonito que decirle a un amigo lo bien que se ve o resaltar alguna acción buena que haya hecho.

Tampoco es caer en la idolatría absurda o, como decimos en Maracaibo, “jalar bola”. Simplemente, es destacar las cosas buenas, aquellas que hagan sentir bien a nuestros semejantes, valorarlo y subirle su autoestima.

Pero si no tiene nada bonito que decirle, mejor no diga nada.