jueves, 4 de marzo de 2010

En el mundo hambriento y solo de los indigentes

(Está larguito, pero espero que tengan tiempo y les guste) Publicado en el diario La Verdad, 1/03/2010

La esperanza desaparecida sale de unos ojos grises legañosos. Sentado sobre un cartón sucio y roto, espera que alguien atienda a su llamado, saque un bolívar del bolsillo y se vaya con la satisfacción de haber ayudado a un indigente. Hacen 12 años que José Gabino, de 64, conoció las vicisitudes de pedir dinero en los alrededores de la Basílica Nuestra Señora de Chiquinquirá, en Maracaibo, estado Zulia.

Ya sus ojos arrugados no se abren con emoción al ver que alguien se acerca, pues ha perdido toda ilusión de salir del estado en que ha vivido durante tantos años. No espera mayor ayuda de nadie. “La cosa está difícil. No todo el mundo tiene para ayudarlo a uno”, reflexiona mientras se espanta las moscas que se paran en una llaga en su pierna derecha. “Desde hace 20 años tengo eso en la pierna. Me cayó espermicida dentro de las botas mientras estaba trabajando y cuando me di cuenta ya tenía la llaga”, explica mientras algún bondadoso le regala 5 bolívares y los guarda en su bolsillo. El potecito en sus manos sólo es para meter el sencillo.

No se queja de su situación, al menos tiene algo que hacer durante el día. “Aquí me entretengo, leo periódicos, hablo con la gente que se me acerca y hay gente que ora por mí”, comenta José al pasar una de las manos por su pelo blanco como la nieve.

Una vez al día, el sabor de la comida endulza sus labios. Una sopa transparente llena el estomago vacío del anciano, quien luce una contextura encorvada y sumamente flaca, al punto de que su piel se pega sin dolor a sus huesos.

Las manos sucias cuentan lo que ha reunido hasta las 11.00 de la mañana. “25 bolivitas”, sentencia con un rostro decepcionado. No hace mucho más que entre 30 y 40 bolívares fuertes diariamente.

Entre las 8.00 y 9.00 de la mañana transita mayor cantidad de gente por el lugar, pues a esa hora se dirigen a sus trabajos. Pocos o nadie se percata de los ancianos apostados en la acera. Algunos ofrecen traer algo cuando pasen de regreso, pero a veces para esquivarlos se van por la otra calle.

No importa si fueron dos o 10 hijos que pudo tener; ninguno se preocupa por José, por más estudios y antojos que les haya satisfecho. “Cuando uno se pone viejo, ya no sirve y los hijos se van lejos para que no los moleste con los achaques, ni pidiéndoles cobres”, sonríe irónicamente mostrando lo que quedan de sus dientes.

A diferencia de muchos, no duerme en el tieso acolchado de concreto. Desde hace años, vive alquilado en un rancho de latas, por el que le cobran mensualmente 100 bolívares fuertes. Ni siquiera él se ha podido salvar del robo y la inseguridad. “En cuatro años me han robado tres veces. Por eso ahora sólo tengo una hamaca y un radio con el que paso las noches. ¿Cómo hago para cuidar el ranchito si me la paso aquí todo el día?”, se pregunta sin dejar de sonar el potecito donde recolecta el dinero que le dan.

La belleza se acaba
La vida de Alfonso Alián estaba llena de viajes, distracciones y felicidad. Un día, un accidente con una gandola lo despojó de una de sus piernas. Desde entonces, su enemiga, la silla de ruedas, lo acompaña día y noche, aunque no quiera.

La cara del anciano de 75 años no refleja tristeza, al contrario, se ríe bastante, quizá por la ayuda de un amigo indispensable para lidiar con su vida: el alcohol rojizo que guarda en botellitas con ron y granadina. “Eso es para pasar el día. No le hago daño a nadie. Más bien me hace sentir mejor y así me olvido de los dolores”.

Más de ocho novias tuvo en sus buenos momentos, pero hoy se encuentra tan sólo como un espantapájaros. Sus ojos de cielo azul atraían a las chicas como si fuera un imán, mas sólo se enamoró de una carabobeña que lo dejó años después de tener dos hijos. “No he vuelto a saber más nada de ellos. Igual no me hacen falta. Las mujeres son malas y la familia lo que hace es chuparte el dinero que tienes”, reflexiona mientras tararea alguna canción, cuya letra sólo entiende su mente, su mundo.

No hay estadísticas
Blanca Sarmiento, de 74 años, también forma parte de ese grueso de la población que vive en las calles, del cual nadie conoce la cantidad que hay en el país o en el estado Zulia, ni siquiera el Instituto Nacional de Estadísticas en Venezuela (INE).

Luego de diagnosticarle y padecer los síntomas de la diabetes y un tumor cerebral, Blanca dejó su labor de enfermera, pues las piernas le dolían mucho para caminar tanto y su mente ya no retenía los nombres de los pacientes. Ahora la que necesitaba atención era ella. Sin embargo, la falta de comida la obligó a pedir dinero, recostada en la reja de la Basílica.

"Casi 70% de indigentes cae en esa situación por consumo de drogas. Un porcentaje menor por un mal negocio o pérdida de la familia, o son personas extraviadas por enfermedades como el Alzheimer, demencia o problemas mentales fuertes. La mayoría viene de extrema pobreza con bajos valores", asegura Yuoarary Carrizález, psicóloga.

Según estadísticas del primer trimestre de 2009 del INE, más de dos millones de venezolanos pertenecen a la situación de extrema pobreza en el país. De ese estrato, salen los potenciales indigentes de cada ciudad a buscar lo que no consiguieron en las neveras invisibles de sus hogares.

El sol se empieza a ocultar en la tarde de un jueves cualquiera, en el centro de Maracaibo. José guarda la limosna recolectada en sus bolsillos y se marcha lentamente con la resignación en sus espaldas. Blanca, por su parte, se acomoda con pereza entre las láminas de cartón a las que se aferra con tal fe como si fueran acolchados. Ambos se duermen con la esperanza de soñar en un mundo lleno de monedas y billetes de grandes denominaciones que les alivien un poco el hambre y el abandono que sufren día a día.

2 comentarios:

  1. que buen articulo marissel de verdad que buen trabajo, lastima que no vi la verdad el dia que lo sacaste. exelente!!! exitos..

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