sábado, 27 de marzo de 2010

Cuidado, no te atravieses! Una mujer al volante!

Últimamente, me he dado cuenta (más de lo normal) de lo odiosas que son las mujeres al manejar. Pero lo que me parece más deplorable es que sean odiosas con los peatones, más precisamente con las peotonas mujeres. Por Dios ¿Dónde está la solidaridad femenina?
No sé si eso ocurrirá sólo aquí en Maracaibo o en el resto del mundo, pero los invito a que se percaten de ello para ver si son locuras mías o es que las mujeres me odian y cuando me ven quieren pasarme sus carros por encima.
Si los hombres son agresivos para manejar, se atraviesan en todos lados, se "comen " los semáforos, flechas y pares, entre mil infracciones más; las mujeres son súper pedantes al no dar paso ni porque la que vaya manejando en el otro carro sea una mujer. Me ha pasado innumerable cantidad de veces que cuando voy a atravesar una calle, en el rayado peatonal, la conductora casi me atropella. Esto no me pasa con los hombres, al contrario, ellos siempre me dan paso así sea yo la más atravesada en la calle... peeerooo... el detallito está en que ninguno de esos hombres lo hace por caballerosidad, si no para bucearme, lo que me parece más que un gesto de buena fe, una pasadera.. Sí son atrevidos!!! Uyyy me da tanto odio que ni las gracias les doy!!!
¿Qué nos está ocurriendo? Estoy consciente de que en el Zulia manejamos como nos da la gana, pero ¿Por eso tenemos que seguir empeorando nuestra cultura al volante? Mi mensaje va hacia las mujeres: tratemos de ser mejores ciudadanas, respetemos los derechos del otro conductor (a) y sobretodo de los peatones, que quizá por ser una de ese montón me genera tanta preocupación.

miércoles, 10 de marzo de 2010

¡¡¡De aniversario!!!

Hoy, 11 de marzo de 2010, este querido y a veces olvidado blog cumple un añito de vida virtual. No quería pasar por alto la respectiva celebración, pues este diario digital (que no lo uso tanto como diario) me ha servido para compartir experiencias, consejos; expresar ideas; dar a conocer mis trabajos periodísticos (otros no tan periodísticos); enviar indirectas de amor y despecho; comentar los momentos de dudas, tristeza y felicidad.


Creo que no todo el mundo goza de la misma dicha que yo, al tener un "amigo" a quien contarle sus cosas, que a la vez se las cuente a otros (ustedes) y todos a su vez, en diferentes partes del mundo y en diferentes momentos, me ayuden a sentirme bien.


Para celebrarlo, he organizado un cambio de imagen; le corté el cabello y le pinté las uñas. Están todos invitados a traer regalos y sugerencias. Por cierto, me sorprende saber que en este aniversario ya estén a punto de cumplirse las 1000 visitas a este espacio... waoooo!!! qué emoción!

Gracias, nomemetoenlapolitica!

Y gracias a ustedes por ser los padrinos de este pequeño que apenas está gateando!

jueves, 4 de marzo de 2010

En el mundo hambriento y solo de los indigentes

(Está larguito, pero espero que tengan tiempo y les guste) Publicado en el diario La Verdad, 1/03/2010

La esperanza desaparecida sale de unos ojos grises legañosos. Sentado sobre un cartón sucio y roto, espera que alguien atienda a su llamado, saque un bolívar del bolsillo y se vaya con la satisfacción de haber ayudado a un indigente. Hacen 12 años que José Gabino, de 64, conoció las vicisitudes de pedir dinero en los alrededores de la Basílica Nuestra Señora de Chiquinquirá, en Maracaibo, estado Zulia.

Ya sus ojos arrugados no se abren con emoción al ver que alguien se acerca, pues ha perdido toda ilusión de salir del estado en que ha vivido durante tantos años. No espera mayor ayuda de nadie. “La cosa está difícil. No todo el mundo tiene para ayudarlo a uno”, reflexiona mientras se espanta las moscas que se paran en una llaga en su pierna derecha. “Desde hace 20 años tengo eso en la pierna. Me cayó espermicida dentro de las botas mientras estaba trabajando y cuando me di cuenta ya tenía la llaga”, explica mientras algún bondadoso le regala 5 bolívares y los guarda en su bolsillo. El potecito en sus manos sólo es para meter el sencillo.

No se queja de su situación, al menos tiene algo que hacer durante el día. “Aquí me entretengo, leo periódicos, hablo con la gente que se me acerca y hay gente que ora por mí”, comenta José al pasar una de las manos por su pelo blanco como la nieve.

Una vez al día, el sabor de la comida endulza sus labios. Una sopa transparente llena el estomago vacío del anciano, quien luce una contextura encorvada y sumamente flaca, al punto de que su piel se pega sin dolor a sus huesos.

Las manos sucias cuentan lo que ha reunido hasta las 11.00 de la mañana. “25 bolivitas”, sentencia con un rostro decepcionado. No hace mucho más que entre 30 y 40 bolívares fuertes diariamente.

Entre las 8.00 y 9.00 de la mañana transita mayor cantidad de gente por el lugar, pues a esa hora se dirigen a sus trabajos. Pocos o nadie se percata de los ancianos apostados en la acera. Algunos ofrecen traer algo cuando pasen de regreso, pero a veces para esquivarlos se van por la otra calle.

No importa si fueron dos o 10 hijos que pudo tener; ninguno se preocupa por José, por más estudios y antojos que les haya satisfecho. “Cuando uno se pone viejo, ya no sirve y los hijos se van lejos para que no los moleste con los achaques, ni pidiéndoles cobres”, sonríe irónicamente mostrando lo que quedan de sus dientes.

A diferencia de muchos, no duerme en el tieso acolchado de concreto. Desde hace años, vive alquilado en un rancho de latas, por el que le cobran mensualmente 100 bolívares fuertes. Ni siquiera él se ha podido salvar del robo y la inseguridad. “En cuatro años me han robado tres veces. Por eso ahora sólo tengo una hamaca y un radio con el que paso las noches. ¿Cómo hago para cuidar el ranchito si me la paso aquí todo el día?”, se pregunta sin dejar de sonar el potecito donde recolecta el dinero que le dan.

La belleza se acaba
La vida de Alfonso Alián estaba llena de viajes, distracciones y felicidad. Un día, un accidente con una gandola lo despojó de una de sus piernas. Desde entonces, su enemiga, la silla de ruedas, lo acompaña día y noche, aunque no quiera.

La cara del anciano de 75 años no refleja tristeza, al contrario, se ríe bastante, quizá por la ayuda de un amigo indispensable para lidiar con su vida: el alcohol rojizo que guarda en botellitas con ron y granadina. “Eso es para pasar el día. No le hago daño a nadie. Más bien me hace sentir mejor y así me olvido de los dolores”.

Más de ocho novias tuvo en sus buenos momentos, pero hoy se encuentra tan sólo como un espantapájaros. Sus ojos de cielo azul atraían a las chicas como si fuera un imán, mas sólo se enamoró de una carabobeña que lo dejó años después de tener dos hijos. “No he vuelto a saber más nada de ellos. Igual no me hacen falta. Las mujeres son malas y la familia lo que hace es chuparte el dinero que tienes”, reflexiona mientras tararea alguna canción, cuya letra sólo entiende su mente, su mundo.

No hay estadísticas
Blanca Sarmiento, de 74 años, también forma parte de ese grueso de la población que vive en las calles, del cual nadie conoce la cantidad que hay en el país o en el estado Zulia, ni siquiera el Instituto Nacional de Estadísticas en Venezuela (INE).

Luego de diagnosticarle y padecer los síntomas de la diabetes y un tumor cerebral, Blanca dejó su labor de enfermera, pues las piernas le dolían mucho para caminar tanto y su mente ya no retenía los nombres de los pacientes. Ahora la que necesitaba atención era ella. Sin embargo, la falta de comida la obligó a pedir dinero, recostada en la reja de la Basílica.

"Casi 70% de indigentes cae en esa situación por consumo de drogas. Un porcentaje menor por un mal negocio o pérdida de la familia, o son personas extraviadas por enfermedades como el Alzheimer, demencia o problemas mentales fuertes. La mayoría viene de extrema pobreza con bajos valores", asegura Yuoarary Carrizález, psicóloga.

Según estadísticas del primer trimestre de 2009 del INE, más de dos millones de venezolanos pertenecen a la situación de extrema pobreza en el país. De ese estrato, salen los potenciales indigentes de cada ciudad a buscar lo que no consiguieron en las neveras invisibles de sus hogares.

El sol se empieza a ocultar en la tarde de un jueves cualquiera, en el centro de Maracaibo. José guarda la limosna recolectada en sus bolsillos y se marcha lentamente con la resignación en sus espaldas. Blanca, por su parte, se acomoda con pereza entre las láminas de cartón a las que se aferra con tal fe como si fueran acolchados. Ambos se duermen con la esperanza de soñar en un mundo lleno de monedas y billetes de grandes denominaciones que les alivien un poco el hambre y el abandono que sufren día a día.