sábado, 8 de agosto de 2009

90 minutos diarios, por un soldado verde (I)

Ni mil barreras en el camino hicieron que Rafael Villalobos sintiera que su sueño estaba perdido y mucho menos desistiera en conseguirlo.

Eran las siete de la mañana de un jueves de 2005, cuando este joven de 23 años abrió sus ojos, y al darse cuenta de que aún se encontraba en su cuarto, un sentimiento de rabia lo levantó de la cama.
Desde hacía algunos meses estaba viviendo días tristes y engorrosos, pues había muerto su gran amigo: Rabito, un pastor alemán enrazado con coli muy obediente y cariñoso, que todavía tiene gran importancia en su vida, ya que su padre se lo regaló meses antes de morir.
Además, un título de Técnico Superior en Hidrocarburos no le estaba sirviendo, pues las 30 planillas que introdujo en distintas empresas petroleras no habían dado resultado positivo.
Toda esa situación le hacía recordar un sueño tantas veces pospuesto: ser parte del Ejército Venezolano. “No quería estar en la casa y era la oportunidad perfecta para cumplir mi sueño. Me lo debía a mí mismo”, afirma Rafael buscando una salida a su encierro.
Cuenta este Técnico que la primera vez que sintió atracción por la milicia fue a los diez años, cuando sus padrinos le regalaron un soldadito verde oliva, con casco, que se arrastraba y disparaba. “No fueron los disparos lo que me llamó la atención; entendí que no era para matar gente, sino para defenderla”, dice con entusiasmo.
Luego de esto, cada vez que transmitían un desfile militar por la televisión, él se detenía con admiración a observarlo, imaginándose allí como un soldado más, honrando a la bandera, a Simón Bolívar.
La tristeza por la pérdida de su perro y el desempleo fueron los factores que impulsaron a Rafael a dictar una sentencia definitiva aquel jueves 25 de agosto, sin tomar en cuenta que sus 123 kilos y 1,90 de estatura serían un impedimento.

1 comentario:

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