sábado, 29 de agosto de 2009

Propagandeando

Desde pequeña cada vez que escuchaba la música de la propaganda que me gustaba, salía corriendo de donde estuviera y me paraba frente al televisor a bailar al son de la publicidad.
Aún sigo bailándolas y cantándolas, pero he agregado una nueva actividad: ahora las critico. Los cómico es que lo hago sin saber absolutamente nada de cómo hacer una propaganda, como dice uno de mis profesores, lo hago como "mera espectadora" y eso es como que mejor y más cómodo.
En Periodismo Impreso, poco nos hablan de la publicidad, excepto que de sus costos se mantienen los periódicos, canales de televisión y emisoras de radio.
Pero no sólo sirven para eso, una propaganda tiene como fin principal ofrecer un producto o un servicio y no sé por qué, pero en mí siempre han generado muchísima curiosidad y ahora que he aprendido un poco de lingüística, me interesan más la construcción del mensaje y el contenido, en general.
Así que los próximos post a publicar voy a dedicarlos a "analizar" desde mi visión de lectora, oyente o espectadora las publicidades que se dan en Venezuela. ¡¡¡Espérenlos!!!

sábado, 22 de agosto de 2009

90 minutos diarios, por un soldado verde (y III)

La segunda es la vencida

Diez meses después de aquella negativa, llegó el nuevo proceso de alistamiento militar y el martes 30 de mayo de 2006, se levantó de su cama, a las 7 y 30 de la mañana, con unas ganas inmensas de llegar a la Barraca.

Narra Rafael que cuando llegó, el Teniente González, que se encontraba en la puerta, le dijo que la vida militar era difícil y que no creyera que con esos lentecitos (de sol) podría entrar allí. Él le respondió: “Yo sé que esto es difícil, pero es mi sueño y lucharé por conseguirlo”. Ante esta respuesta, el Teniente le indicó a dónde debía dirigirse y que luego de terminar el proceso se iría con él a su cuartel.

Los exámenes y la entrevista resultaron un éxito y a las dos de la tarde se dirigía, junto a seis jóvenes más, a la 11va División de Infantería, ubicada en la Av. Universidad, lleno de satisfacción y orgullo.

Hoy, cada vez que el reloj marca las 4 y 30 de la madrugada, Rafael abre sus ojos en una cama cualquiera y en un cuarto donde duermen 30 muchachos, aproximadamente. Se levanta rápido con la cuenta regresiva de un cabo. Se coloca su gorra, sus botas negras y su uniforme verde, muy parecido a aquel soldadito que un día le regalaron.

domingo, 16 de agosto de 2009

90 minutos diarios, por un soldado verde (II)

“No fue una derrota”

Al llegar ese día al lugar donde se alistan los futuros soldados, conocido como la Barraca en el estado Zulia, a las 9 y 40 de la mañana, ya se encontraba un grupo de jóvenes bastante numeroso, quienes también aspiraban a entrar en el Ejército, unos por problemas de conducta, otros por razones económicas, otros por no tener otra alternativa mejor, pero muy pocos por vocación.
Cuando al fin atendieron a Rafael, le hicieron varias preguntas personales, muchas referentes a su núcleo familiar, y el respectivo examen médico, en el cual le encontraron elevadas cifras tensionales, muy poco comunes en jóvenes de su edad. El médico, al darse cuenta de esa situación, lo llevó a un cuarto aparte y le dijo, sin compasión alguna, que con esos factores de riesgo cardiovasculares y 20 kilos demás no podía entrar al Ejército.
Rafael no aceptaría una derrota tan fácil y su viaje de regreso fue una incesante búsqueda de soluciones. Al llegar a su casa y contarle a su familia lo sucedido, rápidamente le fueron practicados unos exámenes de laboratorio que mostraron alteraciones en sus niveles de colesterol, triglicéridos, ácido úrico y pruebas hepáticas, que confirmaron la sentencia de aquel médico. A pesar de que su cuerpo no se sentía enfermo, buscó la manera de mejorar esos resultados.

El plan

Luego de un par de meses emprendió el reto. Sin comentarle nada a nadie, para no levantar malos comentarios, planeó que los primeros dos meses fueran de preparación mental. “Tenía que hacerme entender que no podía comer en exageración y mucho menos ingerir comidas altas en carbohidratos y grasas”, recuerda con dolor. Y los siguientes meses fueran de preparación física.
Todos los días, a las seis de la tarde, salía trotando de su casa y regresaba 90 minutos después empapado de sudor, pero trotando. En la plaza Concordia, realizaba con entereza tres series de 25 abdominales, de flexiones y de paracaídas, y le daba varias vueltas al lugar durante media hora. Primero, trotaba diez minutos y luego hacía una serie de cada ejercicio, los cuales producían un intenso dolor en el abdomen y en las pantorrillas pero él continuaba, obligándose a no pensar en nada. Repetía esta rutina tres veces más intercalando los ejercicios y el trote.
Un día, podando la grama del patio de su casa, se cortó parte de la uña y piel del dedo pulgar del pie derecho. No obstante, Rafael no doblegaría su ímpetu y al igual que los días anteriores, se colocó sus botas marrones bastante desgastadas, sus tres franelas y su short, y salió trotando sin manifestar dolor alguno, “aunque cada vez que pisaba con el derecho, iba al cielo y venía”, según relata. Fue de esta manera como logró adelgazar 20 kilos en seis meses y luego de un chequeo médico, la tensión y los demás niveles llegaron a la normalidad.

sábado, 8 de agosto de 2009

90 minutos diarios, por un soldado verde (I)

Ni mil barreras en el camino hicieron que Rafael Villalobos sintiera que su sueño estaba perdido y mucho menos desistiera en conseguirlo.

Eran las siete de la mañana de un jueves de 2005, cuando este joven de 23 años abrió sus ojos, y al darse cuenta de que aún se encontraba en su cuarto, un sentimiento de rabia lo levantó de la cama.
Desde hacía algunos meses estaba viviendo días tristes y engorrosos, pues había muerto su gran amigo: Rabito, un pastor alemán enrazado con coli muy obediente y cariñoso, que todavía tiene gran importancia en su vida, ya que su padre se lo regaló meses antes de morir.
Además, un título de Técnico Superior en Hidrocarburos no le estaba sirviendo, pues las 30 planillas que introdujo en distintas empresas petroleras no habían dado resultado positivo.
Toda esa situación le hacía recordar un sueño tantas veces pospuesto: ser parte del Ejército Venezolano. “No quería estar en la casa y era la oportunidad perfecta para cumplir mi sueño. Me lo debía a mí mismo”, afirma Rafael buscando una salida a su encierro.
Cuenta este Técnico que la primera vez que sintió atracción por la milicia fue a los diez años, cuando sus padrinos le regalaron un soldadito verde oliva, con casco, que se arrastraba y disparaba. “No fueron los disparos lo que me llamó la atención; entendí que no era para matar gente, sino para defenderla”, dice con entusiasmo.
Luego de esto, cada vez que transmitían un desfile militar por la televisión, él se detenía con admiración a observarlo, imaginándose allí como un soldado más, honrando a la bandera, a Simón Bolívar.
La tristeza por la pérdida de su perro y el desempleo fueron los factores que impulsaron a Rafael a dictar una sentencia definitiva aquel jueves 25 de agosto, sin tomar en cuenta que sus 123 kilos y 1,90 de estatura serían un impedimento.