domingo, 5 de abril de 2009

Viajando con los viejitos

Eran las cuatro y media de la mañana cuando íbamos en camino para el Terminal de Cabimas donde nos montaríamos en el autobús, rumbo al estado Falcón. Como es usual, a esa hora mi cuerpo caminaba más por inercia que por ganas, dormido que despabilado, sosegado que emocionado, por el viaje que realizaría. Creo que en un momento de lucidez pensé: “Razón tendrán muchos en que va a ser bien aburrido viajar con este poco de viejitos”.
Lo primero que atiné a hacer una vez en el bus fue continuar mi interrumpido sueño y, a eso de las ocho de la mañana, empecé a escuchar las voces de mis compañeros de viaje, diciéndose, entre risas, unos a otros: “¿Tienes agua allí? Para tomarme la pastillita de la tensión”, “Así es señores, no se les olvide tomarse la medicina pa’ el mongoliquismo; los hombres, la del viagra; y las mujeres, las anticonceptivas”. De igual forma, lo hicieron los cuatro días que duró el viaje a la misma hora (menos mal que se les olvidaba).
Eran 10 señoras y cuatro hombres de 55 hasta 65 años, integrantes de la Asociación de Educadores Jubilados y Pensionados de Cabimas (AMEJUP-Cabimas). Con bastones, bolsos de manos, cavitas para guardar agua, bolsitos con la medicina que menos imaginara, abrigos, almohadas, sábanas, frutas, galletas, pan y cualquier otro elemento infaltable en un viaje, me hicieron darme cuenta de que lo mejor del mundo es salir con gente mayor, porque siempre tienen lo que uno necesita.
La primera parada fue Punto Fijo, donde hicieron fiesta con la pensión y el sueldo recién salido del banco. Luego, el destino fue Villamarina. Mientras me debatía en meterme al mar y dejar que me rozara una aguamala o quedarme afuera odiándolas, los jubilados buscaron entretenimiento: jugaron cartas, compraron cualquier cosa que se pareciera a comida, disfrutaron la vista y se bañaron con las aguamalas como si nada.

En la noche, al llegar a la posada Casa D’ Diego, en Santa Ana de Carirubana, algunos fueron a dormir luego de tomarse la medicina para el sueño, la manzallina y el té de hierbas, vaya usted a saber de qué; los más bochincheros jugaron 31, cantaron con el karaoke y bailaron al son del éxito del momento preferido por ellos, “El Zancudo Loco”. Los dueños del lugar nos prestaron cotillón y fue suficiente para armar el bochinche en pleno: moverse como borrachitos, hacer mi vueltica ‘famosa’ y bailar vallenato con los dedos bastaron para que casi dejara mi mandíbula allá.


El segundo día fuimos a la Sierra de San Luis, de la cual lo único que visitamos fueron las Cataratas de Hueque, con sus aguas cristalinas, súper frías y piedras resbaladizas, tanto que me costaron dos moretones en cada rodilla. De regreso, nos perdimos en el camino, pues las carreteras están llenas de huecos, derrumbes y sin una sola señalización que nos indicaran dónde quedaban las fulanas “Negritas” que nos había prometido el señor del tour, lugar donde llegamos a comer a las cinco de la tarde. Mientras, agotábamos todos los recursos alimenticios que llevaban en sus carteras (pan, galletas, chucherías), las dos arepas de jojoto que compraron por el camino y los deseos de comer aunque sea naranjas, lo más apetecible que veíamos entre tanto monte.


El tercer día viajamos hasta el Cabo San Román que queda más lejos que el reino de Muy muy lejano y que no me dejaron disfrutar porque “había mucho sol y tiempo de lluvia”, quien entienda eso como razón para no quedarse allí mínimo por dos horas, que me avise. Tuve que tomar unas tres foticos rápidamente y correr hasta el autobús porque ya casi me dejaban.


La odisea de la comida nos persiguió por todo el viaje. A las tres de la tarde, Adícora fue el destino culinario, donde finalmente pude comer un anhelado pescado frito, pues todas las opciones anteriores se limitaban a ser: chivo asado, chivo guisado, sopa de chivo, chivo frito, chivo con arroz, chivo con espaguetti, chivo en coco, chivo de espalda, chivo arrodillado, chivo de lado, chivo, chivo, chivo, y a mí que no me gusta el chivo.
Como todos los fines de semana, para alegrarles la vida a los habitantes de ese humilde pueblito, el señor Jesús Guarecuco, dueño de la posada, llevó un cantante de música llanera que interpretó hasta gaitas “para hacernos sentir como en casa” y fue tan bueno que no tenía en su repertorio “Venezuela”.
El tiempo de lluvia y el frío también nos persiguieron durante los cuatro días. Sí, lluvia y frío en Falcón, sólo me pasa a mí. Suertudos los cujíes; les dejamos ese regalo para que no lloren de dolor.
(Fotos: Marissel Villalobos)

4 comentarios:

  1. hola linda muy lindo tu relato fue un viaje a pesar de todo y tienes mucha razon en que viajar con viejitos es bueno jaja siempre tienen todo a la mano lindas fotos te felicito

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  2. mana!!!! me encanto me rei mucho super bueno eres la mejor actora jajaja digo escritora

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  3. Jajaja, Mana, lo hice pensando en tí, para echarte el cuento de otra manera. Me encanta que te haya gustado. Graciaaasss ;)

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  4. David E. Finol06 abril, 2009

    Mmmm chivo en coco.

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