viernes, 3 de marzo de 2017

Última fiesta del veterinario – Mis memorias con mi papá

Mi papá murió el 22 de octubre de 1998, aunque yo siempre creo que fue el 23, supongo que ese día fue más doloroso o por alguna razón se me quedó grabada esa fecha. Unos meses antes, fuimos juntos de paseo a la celebración del Día del Veterinario, actividad que él esperaba durante todo el año.

La fiesta, organizada por el gremio al que él pertenecía, era en un granja cerca de Santa Bárbara del Zulia, donde vivíamos, y tenía parque para niños, bohíos, piscinas, canchas para bolas criollas y otros espacios recreativos, por lo que era un evento para toda la familia pero mi mamá prefirió quedarse en casa (creo que en realidad era porque estaban peleados) y mis hermanos residían para ese entonces en Maracaibo, así que solo fuimos mi papá y yo.

Antes de salir, le dio todas las recomendaciones para que estuviera pendiente de mí y me trajera intacta de vuelta. Era lo normal, mami siempre ha sido muy preocupada pero papi era relajado mas no descuidado.

Creo que nos fuimos en una cola o carrito por puesto, no lo tengo muy claro. En esas imágenes en blanco y negro o sepia que vienen a mi mente de ese día, recuerdo lo mucho que disfruté: jugué con los niños de los compañeros de mi papá; comí muchos dulces, chucherías, helados y bebí todo el refresco que quise; de vez en cuando me encontraba con su mirada que desde lejos chequeaba que estuviera bien; y en otras ocasiones yo hacía una parada para ir hasta donde él estaba, lo abrazaba, él me daba un besito en el pelo y volvía cada quien a lo suyo.

Extraño esa sensación de protección, de saber que alguien te está viendo y si te caes esa persona sale corriendo con total desesperación desde donde esté para levantarte, para abrazarte, para consolarte, para darte ánimos y hacerte sentir segura nuevamente, para que puedas seguir adelante.

Él también se gozó su día y, como siempre, me cuidó en todo momento, por lo que no bebió como en otras ocasiones solía hacerlo. Hasta eso fue una complicidad entre padre-hija, promovida por él pues cuando regresamos a la casa me dijo que entrara primero y le dijera a mami que él había tomado mucho y que yo había tenido que venirme con sus amigos. Recuerdo su risa juguetona, por hacerle esa broma a mami.

Yo no debí haber sido muy buena actriz pues cuando le dije a mami el mensaje falso, no reaccionó como esperábamos. Se echó a reír y salió a buscarlo con cierta duda, mientras papi estaba en el frente de la casa sonriendo de pura maldad.

Al escribir esto me di cuenta de una diferencia entre los dos. A mí no me emociona celebrar el día de mi profesión (Día del Periodista); me parece tonto y fastidioso el retórico mensaje en los medios sobre amenazas a la libertad de expresión o la frase que sirve para todos: “no hay nada que celebrar”. No le encuentro mucho sentido a eso de festejar lo que por vocación decidí estudiar y ejercer el resto de mi vida. Eso es como que normal, un día más, hasta sería tema de discusión con mi papá hoy.

A fin de cuentas, creo que nos merecíamos ese paseo, uno de nuestros últimos momentos de alegría y diversión, de complicidad y alcahuetería, pero en especial lo agradezco porque es uno de los pocos recuerdos que aun conservo de él y qué bueno que haya sido alegre y feliz.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Mis memorias de mi papá - Empiezo a tejer mi infancia

Mi mamá y mi papá en el día de su matrimonio eclesiástico.
Desde hace unos meses, vengo dándole vueltas a una idea: escribir mis memorias sobre mi papá. Para quienes no lo saben, hace 18 años él partió de mi vida y así también partió mi historia en dos. Yo apenas tenía 10 años cuando me tocó despedirlo y todos sabemos que de esa etapa de la infancia son muy pocas las cosas que luego podemos rememorar, quizá solo aquellas más significativas.

Hace poco leí un libro de Isabel Allende, "Retrato en sepia", cuyas páginas finales se me quedaron estampadas y las resumo de la siguiente manera: "La memoria es ficción. Seleccionamos lo más brillante y lo más oscuro, ignorando lo que nos avergüenza, y así bordamos el ancho tapiz de nuestra vida (...) Al final lo único que tenemos a plenitud es lo que hemos tejido".

Ciertamente, lo que recordamos son los momentos más gloriosos, más tristes o más felices; esos colores intermedios se pierden en el tiempo. Por eso hoy lamento cuántas vivencias con mi papá desechó mi memoria y cuáles fueron las que se quedaron, pues me he dado cuenta de que tengo en mis manos las más tristes, aun cuando siento plena seguridad de que antes de ese trágico momento fui una niña bastante feliz.

De allí que, para evitar seguir arriesgando la historia de una de las personas más importantes para cualquier ser humano, decidí utilizar este espacio para empezar a tejer esa época de mi vida y que así permanezcan eternamente mis memorias de mi papá.

Espero, con toda la esperanza, que este ejercicio me ayude a desempolvar muchos otros momentos que hoy no recuerdo con total claridad y así reconstruir la imagen de ese padre amoroso y consentidor, romántico, bailador, trabajador, responsable, justo y honesto por sobre todas las cosas.

viernes, 8 de enero de 2016

Lobo solitario

Soy una persona solitaria. No soy de esas que andan en grupos o patotas. Por ejemplo, no me gusta hacer diligencias o compras acompañada de un amigo o amiga, pues me hacen sentir que pierdo tiempo o que pierden el tiempo conmigo, que voy más lento o que se fastidian  (aunque confieso que en algún momento he querido tener a alguien allí para que me diga si un pantalón me queda bien o no. Esto porque además soy insoportablemente indecisa).

Desde hace poco tiempo me ha dado por reflexionar por qué soy así. Aun no he dado con la explicación, pero pude detectar que fue después de la muerte de mi papá que tomé esa actitud. El último grupo de amigas que tuve fue en secundaria, dos o cinco años después de su partida, más o menos.

Recuerdo que tenía como 10 amigas, con una de las cuales tenía más afiliación pero había otra chica que también la apreciaba tanto o más que yo, al punto de que a veces competíamos, por lo que en un momento de la vida preferí alejarme. Muchos brollos, engaños y decepciones de adolescentes. No intenté buscarme otra amiga, solo me alejé.

Después de ese episodio, puedo contar con una mano los amigos que he hecho, que aun conservo y que valoro porque son los mejores del mundo. No hablo con ellos todos los días. Sé que cuando los necesite estarán allí.

En consecuencia, me siento como un lobo solitario y esto lo vengo a concluir ahora que he vivido completamente sola, desde hace 6 meses. Considero que todos deberíamos tener esta experiencia, así sea corta o larga. Estar sola me ha permitido explorarme, evaluarme, hacer este tipo de análisis, conocer mis capacidades y todo aquello que puedo lograr si me lo propongo.

Aun hoy no logro deducir por qué esta tendencia a la soledad y si realmente me gusta o es que más bien obedece a la pereza. Lo acepto, me da una flojera INMENSA planificar encuentros con esos pocos amigos, por más que quiera saber de ellos. Mi hermana dice que es porque no quiero salir de mi zona de confort, quizá tenga razón; mi cuarto y mi cama son demasiado cómodos.

Muy por el contrario, ver a esa persona de la que estoy enamorada (aunque no seamos novios) es lo único que me hace despertar temprano, levantar de la cama, vestirme, arreglarme, querer salir a la calle y demostrar lo que siento por él. A su lado, la voluntad se transforma en energía y actividad, pero esas oportunidades de verlo son bastante escasas.

No sé si sea un autosaboteo en mi vida pero sí me pregunto si seguiré siendo como un lobo solitario, si la pereza será invencible y si envejeceré sola.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

El Salto en mi historia (Y parte II)

A las 10:00 de la mañana del siguiente día, ya estaba lista para la excursión y posterior pernocta frente al Salto Ángel. En una bolsa de plástico deposité los teléfonos que fungían de cámaras, repelente, protector, impermeable, linterna y dinero. En un bolso aparte coloqué la ropa para dormir, toalla, medias, medicinas, chaqueta y artículos de aseo personal. Todo esto por indicaciones del guía Alexander, quien en la cena de la noche anterior nos explicó cómo sería el recorrido y todo lo que habríamos de llevar y dejar en el campamento.

Ese día llegaban dos turistas más que se incorporarían a nuestro grupo y viajarían con nosotros al Salto: La señora Carolina y su esposo Ángel, venezolanos, provenientes del estado Miranda. Mientras aterrizaban en Canaima, fui junto con la señora Amelia y Dayana a contemplar una vez más la Laguna que ese día se mostraba más hermosa, con un sol radiante y un oleaje fuerte, producto de la lluvia caída durante la madrugada.

Una curiara atraviesa la Laguna Canaima iniciando una excursión.

Alrededor de las once de la mañana inició la expedición. La guía Vanesa nos acompañaba y comandaba el grupo al frente. Por espacio de 20 minutos subimos una parte de la montaña, atravesando la planta hidroeléctrica que surte a la población de Canaima. Al llegar arriba, con el corazón acelerado y jadeando, Vanesa me sonrió advirtiéndome que eso solo era una pequeña parte de lo que nos esperaba.

- ¿Lograré hacerlo? ¿Alcanzaré el Salto? – me hizo dudar la taquicardia que no me dejaba respirar bien pero igual continué avanzando.

Llegamos a la parte superior del Salto Ucaima, específicamente al Puerto Ucaima, donde esperaban más de 20 curiaras a los deseosos turistas. En una de ellas, embarcamos nuestros bolsos y nos sentamos en parejas para lograr el equilibrio de la balsa. “Yhosi”, el japonés, fue mi compañero de puesto durante la ida y vuelta del viaje.

El olor a gasolina del motor despertó aún más mi emoción, mientras me ponía el salvavidas, y la sonrisa delató mis pensamientos: “Allá voy, Salto, ahora sí te conoceré”.

Curiaras estacionadas en Puerto Ucaima

Los primeros 30 minutos en curiara transcurrieron en el sereno río Carrao, en plena selva, con manglares y árboles de la gama más variada de verdes que en mi vida había visto. Los tepuyes se asomaban tímidos a la distancia y mis ojos no podían creer tanta belleza. Todos los que allí íbamos no parábamos de sonreír y fotografiar cada centímetro de tan prodigioso lugar.

Bajamos de la curiara debido a que la calma del río se ve interrumpida por una serie de rápidos que solo puede atravesar el bote con su conductor. Caminamos por un terreno plano y casi recto durante 30 minutos. El silencio y la calma que percibían mis oídos eran inspiradores. Los pensamientos se atropellaban entre ellos. La tierra que pisábamos parecía de playa y Vanesa nos explicó que ello se debía a que hace siglos atrás todo ese lugar estaba tapado por las aguas del río.



Al llegar a la otra orilla nos esperaba la curiara, que embarcamos luego de tomar agua y aplicarnos el repelente y el protector solar. Afortunadamente, los mosquitos, llamados “puri-puri” en esa zona, no se enamoraron de mí, mas sí de la pobre Dayana y su esposo Andrés, que ya lucían tremendas ronchas rojas en brazos y piernas.

A pocos minutos de haber iniciado la navegación, el primer pico del Auyantepui nos dejó perplejos a los 8 turistas que ocupábamos la curiara. Las siguientes dos horas fueron un espectáculo visual en medio de las aguas del río Carrao y Churún, este último más fuerte y que en varias ocasiones nos mojó completicos. Los arcoíris de distintos tamaños se formaban al alcance de mis manos, producto de la luz del sol y el agua que iba levantando la curiara, así como también por todo el tepuy.

Auyantepuy

Así fuimos recorriendo kilómetros de selva, bordeando la interminable estructura rocosa que se dejaba ver en sus diferentes ángulos. Como especie de una cortina ondeante, en una de las curvas, el Auyantepuy  se mostró imponente en sus 700 kilómetros cuadrados de superficie, inmenso, archiancho y tan alto que casi tocaba las nubes. “Yhosi”, quien ya nos tenía acostumbrados a su expresión facial de asombro acompañada con un “¡¡¡Uhhhhhhh!!!” cada vez que veía algo impactante, soltó el sándwich que acaba de empezar a comer para tomar su cámara y captar semejante monumento.

Como si alguien hubiese agarrado un pincel y fuera combinando colores sepias, negros y naranjas, lanzando brochazos en las paredes del tepuy. Como si fueran piezas de carbón o madera brillantemente talladas. Como si los árboles no se quisieran perder de tan impresionante estructura y la van arropando a distintas alturas en su anchura infinita. No, no fue el hombre. Fue la naturaleza sola. Esta tierra es tan bendita que ni los animales salvajes andan por doquier. Apenas pude ver dos guacamayas, un tucán y un turpial.

Luego de dos horas en las que ya no hallaba cómo sentarme, escuché la voz de Vanesa diciéndome “¡Mari, mira, allí está tu Salto!”. En lo más recóndito del tepuy, allá escondido propiciamente como para que nadie pueda alcanzarlo de forma fácil y así evitar la intervención de la mano del hombre, allá se levantaba regio y deslumbrante mi Salto Ángel.

Salto Ángel

Descendimos de la curiara y emprendimos una caminata de 1 hora en teoría pero realmente la hicimos en hora y media. Rocas resbaladizas, troncos de árboles caídos, ríos, raíces, fango y lodo nos encontramos en los primeros 45 minutos. Saltábamos, reíamos, caíamos, nos resbalábamos, hacíamos equilibrio y preguntábamos cuánto faltaba en medio del agotamiento y la ansiedad.

- Cuando se sientan muy cansados, utilicen los árboles como apoyo para subir, pues al tocarlos ellos absorben las energías negativas y pueden continuar más livianos –nos indicó Vanesa.
- De haberlo dicho antes, me hubiese ido arrastrando de árbol en árbol por todo el camino – le respondí en medio de risas.

Los últimos minutos fueron intensos. No lo niego. La subida por el Sendero al Santo Ángel (apodado a su vez “el Sendero de los Lamentos”, según el guía Alexander, pues es donde los turistas empiezan a quejarse del trayecto, cuestionándose inclusive la razón por la que estaban allí) es altamente complicada. Las rocas se mueven al pisarlas, las raíces duelen en los pies, las rodillas empiezan a crujir y el corazón se me aceleraba producto de las taquicardias.

- Sí lo voy a lograr. Falta muy poco. Ya puedo escucharlo.

El tiempo transcurre realmente rápido mientras vas sorteando los espacios dónde poner el pie y una rama con la que puedas impulsarte. Y en el momento que menos lo esperaba, ahí estaba mi maravilloso Santo Ángel, aun se podía ver tímidamente entre algunas ramas de árboles.

El “¡Uhhhhhhhhh!” de “Yhosi”, desprovisto completamente de la subjetividad y la emotividad que seguro me invadían a mí, me demostró que no era una cosa sentimental y que el Salto Ángel es un fenómeno natural único, en realidad fascinante, para todo el que tiene la dicha de verlo.

- Subamos un poco más, ya estamos casi en el mirador –ordenó Vanesa.

Un grupo de turistas ya estaba saliendo de ese lugar, que consiste en un grupo de rocas, unas encima de las otras, sin baranda, cero intervención humana, desde donde se ve amplio, grande, inmenso, extraordinario y majestuoso el Salto Ángel, la caída de agua más alta del mundo, patrimonio de la humanidad.


La cabeza no doblaba lo suficientemente hacia atrás para contemplarlo y como pude me dejé rodar con extremo cuidado hasta una de las rocas. Un profundo suspiro dio paso a las lágrimas. Ese nacionalismo fanático que vive en mí brotó por mis ojos. Lloré con la satisfacción de quien se gana el premio más codiciado. Lloré sollozante, como una niña. Y sonreí. Jamás en mi vida me sentí tan feliz, tan satisfecha, tan orgullosa, tan complacida, tan serena y tan en paz. Fueron escasos minutos los que estuvimos allí. Por poco no alcanzo a hacer las respectivas fotos. Eran las 4:30 de la tarde y la noche empezaría a caer en los próximos minutos. Debíamos apurarnos.

Rogamos a Vanesa llegar hasta el pozo, o “la poza” como la llaman, que es una de las últimas caídas del Salto a donde hasta ahora se puede llegar. Allí puse a prueba mi capacidad de aguante de frío. Nos zambullimos 5 minutos en un agua helada, casi congelante.

- Llévate mis enfermedades, Salto. Limpia mi cuerpo. Lava mi corazón, mis órganos, mi espíritu y mi alma. Purifícame con tus aguas benditas y hazme una mujer sana –le imploré en susurros, al borde de las lágrimas.

Mientras me vestía y me echaba el respectivo repelente, les di las gracias a Dios por estar allí y a él por existir y por regalarme un motivo de alegría. Debíamos regresar inmediatamente. La noche ya empezaba a caer en medio del bosque.

La bajada fue aún más difícil. Saqué mi linterna pues ya no veíamos nada. Todo estaba sumamente oscuro. Me resbalé y doblé el pie en tres oportunidades, rogándole al Señor por no necesitar luego un yeso, era lo último que podía sucederme. Aunque creo que realmente el Salto valió cada golpe, cada caída y cada moretón posterior.

En el camino nos dispersamos, sin darnos cuenta. La señora Carolina y su esposo iban mucho más adelante que yo, que iba de última acompañada de la señora Amelia, su esposo Armando y “Yhosi”. En medio de todos, Dayana y Andrés “pegaron la carrera”, literalmente, para evitar que la noche los sorprendiera solos, en medio del bosque, pero fue inevitable. Vanesa, con cara seria y preocupada y en silencio, iba con nosotros. No eran muy alicientes sus gestos, que fueron los que me llevaron a sentir temor a lo desconocido.

Logramos salir, vivos y sonrientes al encontrarnos y cruzamos en la curiara al otro extremo de la orilla para caminar un par de minutos hasta el campamento donde pernoctaríamos esa noche. Alcancé a mirar por un instante el cielo nocturno donde reposaban cientos, miles y millones de estrellas. Un regalo más. Precioso.

Al llegar, entre aplausos, gritamos con fuerza “¡Lo logramos!”, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo. Nos reímos y empezamos a contar las caídas, los sustos y los sentimientos de cada quien al ver tamaña belleza natural.

El campamento era bastante sencillo. Ya las ocho hamacas estaban esperando por nosotros desde que llegamos y luego de comer, cada quien fue agarrando la suya. Yo escogí una de las del medio, para sentirme más segura. 

En medio de la noche empezó a llover, por ratos fuerte, por ratos leve. A mi lado sentía a un león roncando, que de no saber que era el señor Armando, no hubiese podido quedarme tranquila en toda la noche. Me desperté en dos ocasiones, pensando en lo increíble que era estar allí. Producto de la lluvia, el frío se fue haciendo más intenso durante la madrugada, obligándome a acurrucarme en la hamaca. 

A las 5:30 de la mañana, Vanesa empezó a despertarnos para desayunar y partir de vuelta a la realidad.

- ¡Mari, ven a ver! Aquí está tu adorado Salto para darte los buenos días –recuerdo que me llamó la señora Carolina.

Y así fue. A un extremo del campamento se veía mi hermoso Salto Ángel, no tan claro como el día anterior, pues la neblina lo acurrucaba por completo por instantes. En ese momento y por la lluvia de la madrugada, se podían observar 4 caídas de agua, aunque ha llegado a tener 10.

- Ay, ya no se ve nada. La neblina lo tapó completo. Ya les dio los buenos días y ya se fue a dormir de nuevo –decía Vanesa en uno de esos minutos en que se perdía de vista el Salto.

Era curioso hablar de él como si fuera una entidad, una persona, un espíritu noble, con vida propia, que nos saludaba, nos esperaba, nos sonría y nos despedía. Fue duro hacerlo pero al menos fue rápido. La curiara encendió motores y dejamos atrás la razón de nuestra travesía.

- Adiós, mi Salto. Seguro nos volveremos a ver.

Vista del Salto Ángel, desde el campamento Wey Tepuy, en isla Ratón.

Durante el regreso, la neblina abrazaba el Auyantepuy en toda su extensión. Era muy temprano aún y me dio la impresión de que era como su cobija. Celosa, no nos dejaba verlo, como para que no lo fuéramos a despertar. 

Pensé en los misterios que albergan sus nombres. Auyantepuy en el idioma pemón significa “montaña del diablo” y dentro de él está el Salto Ángel, llamado así en honor a Jimmy Angel, la primera persona no indígena en avizorarlo. Esa dicotomía divinidad-satanás no debe ser casualidad. 

Recordé la explicación que el guía Alexander me había dado la primera noche sobre la altura del Salto. Ciertamente, no es la caída de agua más alta del mundo, inclusive el Roraima, al otro extremo de la Gran Sabana, en Venezuela, es más alto, con casi 2810 metros de altura. Lo que hace especial a mi Salto Ángel es que, aunque apenas mide 979 metros de altura, de él cae agua durante todo el año, cosa que no sucede en ninguna otra parte del mundo, léase con detenimiento, de-el-mun-do.

Mientras navegábamos el río Churún y luego el Carrao, me sentí en realidad “bendecida y afortunada” y no era precisamente por mi físico. Mi gran sonrisa solo tenía una razón. “De verdad lo logré”, pensaba, con los dientes y labios congelados por el viento y el frío que hacía a esa hora.

Ni en mil años hubiese soñado algo siquiera parecido. No seré tan presumida de decir que el Salto Ángel me cambió la vida, en apenas unos minutos frente a él y solo tres días de aventura, pero sí creo que le dio otro aire, fue como dar un salto a la tranquilidad, a la paz y a la felicidad. Desde que lo vi, difícilmente dejo de sonreír. Sin importar la circunstancia, solo pienso en ese momento y el ánimo me cambia, me siento alegre y viva.

Desde la avioneta ya de regreso a Puerto Ordaz, observé la Laguna Canaima y una firme seguridad me alivió la despedida. 

- Hasta pronto, Canaima. Gracias por la mejor experiencia en toda mi vida. 


martes, 22 de septiembre de 2015

El Salto en mi historia (Parte I)


Mucho se ha escrito sobre él. Cantidad de historias he leído sobre las excursiones que han hecho millones de personas. Pero hoy pretendo contarles mi experiencia, que no es más especial que las demás, sino solo un humilde homenaje que quiero escribirle a la caída de agua más alta del mundo y al monumento natural más admirado por esta servidora: El Salto Ángel.

Hace 6 años, aproximadamente, surgió en mí una frenética necesidad de soledad, de paz, de tranquilidad, de alejarme de la ciudad y sus ruidos y de encontrarme conmigo misma, con mis pensamientos. Esa sensación me visitaba cada cierto tiempo. Sabía que ese lugar se llamaba Canaima, simplemente lo presentía.

El 15 de septiembre de 2015 partí de Maracaibo en un vuelo a cumplir ese anhelado sueño. La primera parada fue la ciudad de Puerto Ordaz, donde visité el Parque La Llovizna, un lugar sereno en el que solo se percibe el sonido de la caída de agua y uno que otro animal silvestre. Allí “me llovizné”, como me diría mi primito Sebastián. El rocío frío del Salto La Llovizna me preparó brevemente para lo que venía.

Salto La Llovizna

Al día siguiente, muy temprano salí en una avioneta de apenas 19 puestos con destino al Parque Nacional Canaima, sector occidental, donde me esperaba mi querido Salto Ángel. Por el camino y para mi sorpresa dormí unos minutos, cediendo por el cansancio y la ansiedad que me quitó el sueño las dos noches anteriores. Desperté a solo minutos de aterrizar y desde la ventanilla contemplé feliz la Laguna Canaima, aunque para ese momento no sabía que lo era.

Al bajar del avión, una choza de palma cobijaba el aeropuerto de este pequeño poblado. Uno de los indígenas me recibió preguntándome, en un dificultoso español, en cuál posada me quedaría.

- Wey Tepuy -respondí.
- ¿Viene sola?
- Sí, sola.
- Bueno, el campamento queda a 5 minutos de aquí, nos podemos ir caminando, sígame.
- ¿Caminando? ¿Solos? ¿Él y yo? ¿En plena selva? Esto no empieza bien –pensé, con el corazón latiendo a dos mil por segundo y la sonrisa, que desde el avión se dibujó en mi rostro, se ocultó por unos instantes.

Afortunadamente, preguntó en voz alta si alguien más se dirigía a ese campamento y 4 personas respondieron y se acercaron a nosotros. Por suerte, un jeep se desocupó en ese momento, nos montamos y en minutos íbamos en camino.

Llegamos al campamento más sencillo y más barato que pude elegir, donde nos atendió el dueño, advirtiéndonos que nos preparáramos para el almuerzo que consistiría en anaconda asada y una ensalada de termitas. La cara de los turistas que acabábamos de llegar fue un poema pero valientes respondimos que estábamos dispuestos a probar lo que se comía en esa zona.

Allí conocí a quienes, por obra y gracia de Dios, me acompañarían en esta aventura: Dayana y Andrés, dos jóvenes esposos que viven en Lima, Perú; la señora Amelia y el señor Armando, padres de Dayana y caraqueños; y “Yhosi”, un japonés que ha aventurado durante año y medio por 43 países del mundo.

A las 12:00 del mediodía estábamos convocados a almorzar en una mesa larga que descansaba en el pasillo central de la posada. Como teníamos una hora libre, el guía Alexander, nativo de Ciudad Bolívar, nos recomendó acercarnos hasta la Laguna Canaima y bañarnos, pues quedaba apenas a 3 minutos caminando.

Así lo hicimos pero yo, por la ansiedad, no preparé ropa de baño y arranqué tal y como había llegado. Todos los campamentos están construidos muy cerca, apenas los separan unos pasos y a sus alrededores hay casas de concreto, con techo de palma y otras de barro con una buena antena de DirecTV. Vi niños jugando en el frente de sus viviendas, vestidos con ropa, saludando y sonriéndonos. 

Las aguas cargadas de minerales que le proveen colores naranja, marrón y negro a la Laguna Canaima, con sus pequeños pero espectaculares saltos y una orilla muy tranquila llena de arena blanca, se descubrieron ante mis ojos en medio de los árboles. Sonreí grande.

Laguna Canaima

- Al fin te veo en vivo, Laguna, no en fotos –le comenté, como si pudiera escucharme.

Tardé unos minutos en salir de la perplejidad. En ninguna fotografía de las miles que había revisado se veía tan hermosa. Tres palmeras grandes en todo el centro era el límite para nadar. Esos tres misteriosos chaguaramos, pues nadie sabe cómo crecieron justo allí en medio del agua, protegen a los bañistas, como si fueran la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Caminé alejándome intencionalmente de mis compañeros y me senté en un tronco que estaba cercano a la orilla. Allí no pude contenerme. Lloré. La felicidad me brotaba por los ojos. Reí. Agradecí a Dios por estar ahí. No podía creer la belleza natural de mi país.

Fotografié el agua, las chozas, la arena, las flores, los saltos, el cielo, las orillas, niños jugando, la laguna en todo su esplendor… pidiéndole a Dios que se quedaran grabadas, más que en digital, en mis pupilas, para siempre.

Laguna Canaima

Regresamos al campamento esperando en la mesa con dubitación la famosa anaconda asada.

- ¿Cómo diablos me iré a comer eso? ¿Y si me cae mal? –pensaba yo.
- Eso debe ser una broma –aseguraba Andrés, en su acento español.
- Debe saber a pollo. Todos esos animales saben a pollo –comentaba el señor Armando.
- ¡Uy! Yo no me voy a comer eso –sentenciaba la señora Amelia.

Si era anaconda o no, no lo supimos. El guía Alexander apareció con sendos platos de pasta con salsa boloñesa, cuya cantidad era como para 3 personas por plato. Deliciosa. Luego regresó a darnos las instrucciones del itinerario.

- A las 2:30 pm están listos con traje de baño, ropa cómoda, sandalias, protector solar, repelente, un par de medias (calcetines) y cámara para que vayamos a las excursiones de Salto El Sapo y Salto El Hacha, en la propia Laguna Canaima. Irán con otra de nuestras guías, Vanesa.

A esa hora, Vanesa, indígena de la zona, llegaba con una sonrisa al campamento, presentándose y repasando los artículos que debíamos llevar.

Con el guía Alexander conduciendo la curiara, arrancó el paseo en la Laguna Canaima. Nos acercamos brevemente a las caídas de agua de los saltos Ucaima y El Hacha. En este último, nos bajamos en una orilla y subimos unos pocos metros por unas piedras hasta llegar a la cascada. Allí la experiencia se transformó en una inesperada aventura. 

Salto Ucaima
 
- Pueden desvestirse y dejar sus pertenecías en una bolsa. Solo deben colocarse las medias al revés para que caminemos por las rocas y así evitar resbalarnos –advirtió Vanesa.
- ¿Desvestirse? ¿Pasar pa’ dónde? Nuuuuu, qué va. Yo para allá no me meto – dije sin pensarlo dos veces.

Tres minutos después, por insistencia de Vanesa, de mis compañeros y de mi conciencia diciéndome “para qué viniste si no te vas a bañar en estas aguas”, terminé caminando por debajo de la cascada, entre rocas color carbón. Con un temor profundo de que me llevara la fuerte corriente, fui atravesando cada caída de agua. Divinos golpes de rocío frío me hacían gritar de alegría.

- Si mami me viera aquí, se infartaría tres veces – le confesé a la señora Amelia y nos reímos juntas.

El Salto El Sapo nos esperaba luego de una caminata de 20 minutos. Llegamos a su tope y desde allí se podían ver 3 imponentes tepuyes. Luego, bajamos y aquí también tocaba caminar entre rocas, en medio de la cascada. No hubo mucha resistencia de mi parte. Ya resultaba divertido, aunque igual iba pisando cada piedra con los nervios de una novata. Al final del salto, en una pequeña piscina natural de agua fría y color oscuro nos zambullimos los turistas.

Salto El Sapo

Regresamos ya cayendo el atardecer, entre nubes azules y un sol naranja que despedía un día lleno de experiencias fenomenales, nunca imaginadas.

La noche no fue fácil. Arañas monas caminando por mi sábana y una culebra deslizándose por debajo de la puerta eran las imágenes que perturbaban el sueño que me costó encontrar hasta que caí exhausta, escuchando un fuerte aguacero.

jueves, 9 de julio de 2015

Ser feliz

Creo que todas las personas en este mundo, desde que tenemos conciencia, perseguimos una sola cosa: ser felices. Cada quien lo busca a su manera, entendiendo la felicidad como un concepto distinto para cada individuo. Lo que te hace feliz a ti no necesariamente me hace feliz a mí.

Pasamos la vida soñando con ser felices. Luchamos y nos esforzamos por esa vida que todos queremos que sea perfecta. Pero me pregunto ¿Cómo es una vida perfecta?

Seguro les habrá pasado que cuando éramos niños decíamos: “Cuando yo sea grande quiero ser como fulanita”, “cuando yo sea grande quiero tener un esposo, una familia, unos hijos como los de zutanita”, “cuando yo sea grande quiero tener un carro como perencejo”… porque creíamos que ellos llevaban una vida perfecta.

En estos días recordaba cómo quería que fuera mi vida hace unos años, así como la de aquellos que estaban a mi alrededor, que representaban un modelo a seguir, y me cuestionaba: “¿A todas estas, yo sabía si ellos eran felices o no? ¿Realmente felices?”. No. Eso era lo que aparentaban y al crecer entendí que las apariencias engañan.

Nadie sabe en realidad cómo es la vida de los demás, por muy amigos o muy familia que sean. Nadie sabe si detrás de las sonrisas o las lágrimas haya paz y felicidad. Nadie sabe si en verdad alguien lleva una “vida perfecta” (y permítanme usar las comillas ahora).

Considero que esa “vida perfecta” o feliz la construyes tú mismo, nadie va a venir a decirte cómo puedes ser feliz. Muchos escritores ya lo han dicho: la felicidad es una decisión, así como también lo es sentirse miserable, triste y solo.

Lo sé, es difícil no dejarse llevar por la envidia (sea mala o buena) o por los patrones sociales que te incitan a buscar una vida parecida a los demás pero debes preguntarte siempre si en el fondo esas personas serán felices.

Mejor busca tu propia felicidad. No creas que va a llegar con paracaídas. No la esperes. Empieza a ser feliz ya. Tampoco la ates a un logro (“cuando tenga mi casa seré feliz”, error, sé feliz mientras la consigues, mientras la compras, mientras llega). Acepta tu presente.


“Hay que decidirse a ser feliz a lo largo del camino, no nada más al llegar al destino”. 
Andrew Matthews

Espero que esto nos sirva de algo, pues hasta yo necesito tomármelo más en serio, para eso lo escribí.